Opinión
Periodista
A más de ocho décadas de su creación, esta fecha invita a valorar la diversidad, la memoria y la capacidad del arte para reunir a los pueblos.
La música criolla es fruto del encuentro entre las tradiciones indígenas, los ritmos africanos y la herencia española.
Ese proceso, marcado también por las desigualdades de la historia, dio origen a una expresión propia, enriquecida por múltiples influencias. Su desarrollo demuestra que la identidad peruana no es uniforme: se construye con voces, experiencias y culturas distintas.
El género tomó forma en espacios como Barrios Altos, el Rímac y La Victoria, donde trabajadores y comunidades populares hicieron de la música una manera de narrar su vida.
Que hoy sea reconocida como patrimonio nacional refleja la importancia de quienes, durante mucho tiempo, fueron relegados pero contribuyeron decisivamente a definir el sonido del país.
En sus melodías conviven el vals peruano, la marinera, el festejo y el landó. La guitarra y el cajón acompañan letras que evocan la ciudad, los amores, la nostalgia, la fe y la celebración. Así, canciones como “Contigo Perú” y “La flor de la canela” forman parte de una memoria compartida que trasciende generaciones y regiones.
La tradición criolla también tiene una dimensión universal. En ella, instrumentos de origen europeo –como la guitarra– dialogan con ritmos afroperuanos y crean una propuesta reconocible dentro y fuera del país.
El cajón peruano, por ejemplo, ha encontrado un lugar en otros géneros y escenarios, incluido el flamenco. Aunque muchas canciones retratan las calles limeñas y las jaranas de barrio, sus emociones —el amor, el desengaño, la esperanza y la alegría— pueden conmover a públicos de cualquier lugar.
Compositores e intérpretes como Felipe Pinglo Alva, Chabuca Granda, Lucha Reyes y Eva Ayllón han llevado esa sensibilidad a nuevos públicos. Su legado confirma que una expresión arraigada en una comunidad puede dialogar con otras culturas sin perder su carácter.
La celebración fue impulsada por músicos de la época, entre ellos Juan Manuel Carrera, del Centro Social Musical Carlos A. Saco. El 18 de octubre de 1944, el presidente Manuel Prado Ugarteche oficializó la fecha mediante una resolución suprema con el propósito de promover y difundir el folclor costeño. En 2026, se cumplen 82 años de aquella decisión.
Hoy, la canción criolla sigue viva en peñas, centros musicales y hogares. En un mundo donde muchas tradiciones corren el riesgo de diluirse, su continuidad recuerda la importancia de cuidar el patrimonio cultural inmaterial. Cada 31 de octubre, el Perú celebra una música que enlaza historias y generaciones. Más que una evocación costumbrista, es una lección de diálogo y pertenencia: cuando suenan la guitarra y el cajón, distintas raíces encuentran un ritmo común.