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  • de marzo de 2026

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Rumbo a los altaresNicolás Ayllón

Un siervo de Dios NicolásAyllón

Un movimiento laico y clerical impulsa la canonización del chiclayano Nicolás Ayllón, un hombre caritativo de la Lima del siglo XVII.
Nicolás fue un peruano ejemplar, indígena, laico, padre de familia y vecino caritativo.

Las tierras norteñas forjaron su temperamento. Visita en reiteradas ocasiones la opulenta Zaña, urbe, por entonces, de majestuosos conventos y templos. La mítica ciudad desaparecería en 1720, producto de las inundaciones.

Siendo un inquieto adolescente se traslada a Lima con don Juan de Ayllón. Antes de viajar adopta el apellido de su protector. En la capital, Nicolás Ayllón vive en el convento de San Francisco, donde consolida su formación católica.

Como buen descendiente de moches, maneja con destreza los tejidos de algodón y rápidamente se convierte en el preferido de la corte limeña, que le encarga vistosos trajes.

No le puede ir mejor a Nicolás. Instala un taller de sastrería, aunque la nostalgia por su lejano Chiclayo lo atormenta. La Lima de aquellos tiempos era acogedora y el joven moche rápidamente se acostumbra a la ciudad, siempre llena de calesas jaladas por robustos percherones.

Medicina para el alma

Con lo que gana compra alimentos y medicinas para asistir a los hambrientos que deambulan por Lima. Con frecuencia se le ve en los hospitales de Santa Ana y de la Caridad llevando medicinas a los enfermos y socorro espiritual.

En 1653, desposa a María Jacinta Montoya con la que vive ocho años y luego, movidos por la intensa vida espiritual, deciden vivir célibes.

En aquel tiempo compra un pequeño terreno en el barrio de San Diego, actualmente ubicado en el cruce de Camaná y Moquegua. Hacia 1713, en este recinto urbano construyen el monasterio Jesús, María y José.

Se convierte en hombre de oración y la templanza gobierna sus actos. Hasta la humilde morada llegan indígenas desposeídos, españoles empobrecidos y todo aquel que busca ayuda.

Su fama crece a raudales. “La sociedad limeña lo reconoce como un santo varón que hace de su vida un apostolado. La gente capta en él algo excepcional”, se lee en las crónicas de la época. Logró que las iglesias capitalinas oficiarán misas para indígenas y esclavos en horario especial.

El retorno

Viaja a Chiclayo a las exequias de su padre. Cuando retorna la embarcación casi naufraga, y Nicolás Ayllón siente la presencia de la Virgen María.

Este hecho lo marcaría por siempre. A partir de entonces convirtió su casa en hogar de recogimiento para doncellas pobres y huérfanas.

Murió el 7 de noviembre de 1677, a los 45 años. A los funerales asiste el virrey, don Baltasar de la Cueva Henríquez, conde de Castellar. Lo secundan las altas autoridades, criollos, mestizos, negros y mulatos.

Devoción

En mayo de 1699 comenzó su proceso de beatificación y canonización, llegando a la Congregación para las Causas de los Santos, en El Vaticano. Pero el expediente no llega a buen puerto. Actualmente, el caso está en proceso de reactivación.

Para promoverla hay que demostrar dos cosas: la santidad de vida de Nicolás y demostrar que existe una devoción vigente.

“Fue un hombre común y corriente, un laico que ayudó al prójimo. Fue un ejemplo para los limeños de la época”, refiere el sacerdote Ernesto Rojas Ingunza, postulador de la causa.

Para Rojas Ingunza, este proceso de canonización demuestra que cualquier cristiano puede ser santo. “No se necesita ser sacerdote para llegar a los altares”, remarca. Nicolás fue un peruano ejemplar, indígena, laico, padre de familia y vecino caritativo.

“Nicolás hizo el bien por inspiración divina”, nos dice la hermana María Francisca, del monasterio Jesús, María y José. Sus restos yacen enterrados en este recinto del centro de la capital, desde 1853.

Cuando salimos del local, dejamos a las hermanas clarisas capuchinas orando por la beatificación de Nicolás Ayllón. Que así sea.