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jvadillo@editoraperu.com.pe
Fotos: Archivo Histórico del Diario Oficial El Peruano
EPITAFIO
Esto es hoy,
algo perdido.
Brilla el césped.
Cae una hoja
y es como la señal esperada
para que vuelvas de la muerte
y cruces con resplandor
y silencio de estrella
mi memoria.
Era hermética como sus versos. Un verso sin sentimentalismos, como lo reconocía, pero profundamente preocupado por el ser humano:
–Me siento una persona civilizada. He tenido la suerte de ir a la escuela, de haber comido decentemente, de haber ido a la universidad y haber podido frecuentar medios cultos. He sido una privilegiada en ese sentido, pero no me ha vuelto miope mucha lectura, todo lo contrario. En mi poesía de alguna manera lo sientes –dijo en una entrevista de 1986 a María Amelia Fort de Cooper.
Prefería alejarse de membretes y arquetipos. Gustaba equivocarse, cambiar de rumbo.
–La poesía es una sola, la buena. La poesía misma no depende de quién la escriba, sino de cómo se escribe, para qué se escribe.
Las entrevistas las dio a cuentagotas a lo largo de su vida. Un ramillete. ¿Para qué más? Si cada verso suyo hacía elevar el alma. Era una poeta mayor del Perú, integrante de la colosal Generación del 50, pero la fama y los reflectores eran secundarios a su existencia.
–El prestigio es algo un poco inventado. Se puede fabricar un prestigio –dijo.
Blanca Varela (10 de agosto de 1926-12 de marzo de 2009) creía en la vida y escribía en secreto, para pocos amigos. Adoraba esa independencia que le daba el anonimato, mientras alumbraba a dos hijos, mientras vivía en Florencia, Washington, París, mientras traducía y escribía, mientras lloraba la muerte de su hijo Lorenzo, mientras se casaba y divorciaba del pintor Fernando de Szyszlo.
Se sentía una pionera en el Perú “de escribir cierto tipo de poesía, de abrir puertas y ventilar la poesía”, pero nada más. No quería que le cuelguen ese epíteto de hermana mayor de las poetas.
–Yo no soy una profesional de la poesía. Si alguien viene y me publica, fantástico.
Otra vez dijo:
–Siempre he estado del lado de los que necesitaban más. Otros han sido egoístas con los demás, no me he identificado con ellos. Yo estoy más cerca de la izquierda peruana que de la derecha, aunque no soy política.
La tierra gira
el ojo de dios no se detiene
qué haríamos pregunto
sin esta enorme oscuridad
–La poesía es una manera de ser, de estar en el mundo, de buscar otro ámbito. ¿Puede ser una catarsis? Tal vez. Puede ser un diálogo conmigo misma, responderme cosas que el resto no me responde. Y de crear fantasmas, que son una buena compañía, como los ángeles, para los poetas –respondió en una entrevista para TV Perú, en 1993.
Blanca Varela se cultivó en una familia “que siempre escribió o intentó escribir”. Donde existió la libertad para la lectura. Hija y nieta de poetas. Su madre fue la escritora y cantautora Serafina Quinteras, autora del vals ‘La muñeca rota’.
Ya de niña, cuando empezó a observar el dolor, el hambre, la miseria, cuenta que empezó a darse “respuestas aterradoras”. También por esos años, era la niña que iba por la casa repitiendo ad infinitum palabras de sonidos raros.
Ella suscribía la idea de que “la poesía es un vicio que se adquiere en la infancia”, respondió. Al principio no estaba de acuerdo con la persona que escribía y que moraba dentro de ella.
Pero, poco a poco, se fue acercando a ese ser que escribe. Se fue aceptando. Dejó de ser despiadada consigo misma.
Un poema
como una gran batalla
me arroja en esta arena
sin más enemigo que yo
Sus versos –contaba– se nutrían de un rostro, de la escena de una película, de una noticia. Tenía su propio bestiario de animales. “Me he identificado con los animales, los amo”, contó la mujer que llegó a París en los tiempos de la posguerra, tiempos cuando el arte se convierte en “una tabla de salvación”.
Cuando conoció a los creadores del surrealismo, del existencialismo, a Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Octavio Paz… Ella no la llamaba amistad, sino la suerte de conocer a este grupo de intelectuales, aunque para Varela más vital que conocerlas fue leerlas. Como lo más importante de París fue reconocerse como latinoamericana, de mujer perteneciente a una realidad. Entonces, ese 1949, escribió su primer poema ‘Puerto Supe’.
Contó en esas pocas entrevistas que las personas más vitales para su poesía fueron Sebastián Salazar Bondy, Emilio Westphalen y José María Arguedas. Que “uno escribe sin darse cuenta”, y que lo de poeta viene a posteriori. Y que “todo artista, todo escritor, tiene neurosis”.
la muerte se escribe sola
una raya negra es una raya blanca
el sol es un agujero en el cielo
la plenitud del ojo
fatigado cabrío
aprender a ver en el doblez
entresaca espulga trilla
estrella casa alga
madre madera mar
se escriben solos
en el hollín de la almohada
Voz auténtica
Dice el crítico José Miguel Oviedo (*) sobre su obra: “Si cabe hablar de notas surrealistas y existencialistas en la poesía de Blanca Varela, hay que entenderlas como parte de una concepción moral, no en el plano del lenguaje mismo: están vinculadas, respectivamente, con la idea de la autenticidad y su intensa concentración en el vivir concreto.
Hay en ella una dominante actitud introspectiva, tanto en el ámbito de lo privado como en el de su propio quehacer poético. Ambos niveles le plantean cuestiones inquietantes que surgen de un malestar profundo y la constante sensación de un absurdo, casi imposibles de calmar. Si todo está acosado por la mentira, la falsedad y el engaño, ¿cómo asegurarse de que sus palabras no sean parte de la misma tradición que trata de conjurar? Esa cuestión ética es el trasfondo del acto poético y, en verdad, de todo gesto estético”.
……
(*) La poesía del siglo XX en Perú. Antología. Edición de José Miguel Oviedo (Madrid, La Estafeta del Viento).
Reconocimientos
Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2001).
Medalla de Honor por el Instituto Nacional de Cultura del Perú (2005).
Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2006).
XVI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2007).