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La trascendencia de Víctor Andrés

Diplomático

El 14 de diciembre de 1966, un día antes de cumplir 83 años, falleció Víctor Andrés Belaunde. Fue uno de los intelectuales peruanos más ilustres. Ocupó importantes cargos a escala nacional e internacional, además de la trascendencia de sus propuestas ante los problemas nacionales.

Entre sus múltiples aportes le debemos haber acuñado el término ‘peruanidad’ como concepto globalizante de todos los aspectos que singularizan lo peruano respecto de connotaciones de otras nacionalidades.

Belaunde y su generación

Tras la Guerra del Pacífico y la guerra civil entre pierolistas y caceristas, el Perú estaba devastado. Sería, tal vez, la mayor de las crisis por la que haya pasado la joven república del Perú y su superación conllevaría enormes sacrificios a varias generaciones. Este momento fue denunciado con vehemencia por Manuel González Prada.

En esos años surgió una generación de jóvenes que empezó a reflexionar de manera sistemática acerca de la realidad del país. A esta constelación de intelectuales se le llamó Generación del 900 y pertenecieron, además de Belaunde, José de la Riva-Agüero, los hermanos Francisco y Ventura García Calderón, Luis Fernán Cisneros, Julio C. Tello y Óscar Miró Quesada.

Su fervor intelectual los hizo denunciar los abusos de la dictadura de Augusto B. Leguía, ganándose la persecución, la cárcel y el destierro.

Apuntes sobre su vida

Víctor Andrés Belaunde nació en Arequipa en 15 de diciembre de 1883. Fue hijo del abogado Mariano Belaunde de la Torre, quien fue ministro de Hacienda. Su madre, Mercedes, fue hija del presidente Pedro Diez-Canseco. En casa recibió una sólida formación católica y de valores que marcó su vida y pensamiento.

Sus estudios superiores los inició en la Universidad Nacional de San Agustín y los continuó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde destacó primero como alumno y luego como maestro. Obtuvo doctorados en tres disciplinas distintas: Jurisprudencia (1908), Ciencias Políticas (1910) y Letras (1911).

Como protesta al golpe de Leguía, renunció a la misión diplomática en Uruguay en 1919 y retornó a su cátedra en San Marcos. Desde la academia y la revista Mercurio Peruano denunció la abusiva persecución política y mordaza a la prensa implementada por Leguía. Belaunde fue encarcelado en la isla San Lorenzo y desterrado en 1921.

A la caída de Leguía, reasumió su trabajo en San Marcos, pero lo deja al poco tiempo por presiones políticas. Es invitado a formar parte de la Universidad Católica, donde, además de docente, ejerció importantes cargos. En reconocimiento a su integridad y capacidad, Arequipa lo eligió su representante al Congreso Constituyente (1931-33). La influencia de su pensamiento se recogerá en la Constitución de 1933.

Desde Torre Tagle

Su incorporación a Torre Tagle en 1903 fue trascendente para los intereses internacionales del Perú. Fue designado para trabajar en el Archivo de Límites del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde Belaunde desplegaría sus mejores capacidades y dedicación para documentar los derechos territoriales del Perú ante los litigios que vendrían con Bolivia, Colombia y Chile.

Entre 1905 y 1906, trabajó en la misión diplomática peruana en Argentina para organizar la defensa de los derechos de nuestro país en su litigio territorial con Bolivia. Su comisión culminaría en España, a donde se trasladó para completar la recopilación de documentos y redactar la versión final de la memoria de la defensa peruana.

A su retorno a Lima fue nombrado jefe de la División de Límites en el Ministerio de Relaciones Exteriores (1907-1911). Tres años más tarde, fue designado encargado de negocios en la misión peruana en Alemania y, en 1915, prestó servicios en Bolivia. Su carrera diplomática continuaría en Uruguay como ministro plenipotenciario (embajador, 1919).

Finalizado su destierro y en reconocimiento a su versación en el tema fronterizo, la Cancillería lo reincorporó al servicio diplomático en 1933 como miembro de la delegación peruana que puso término al conflicto bélico con Colombia, trabajo que completó como ministro plenipotenciario en Colombia entre 1934 y 1935. En 1936 fue designado ministro plenipotenciario en Suiza, ejerciendo simultáneamente la representación peruana ante la Sociedad de Naciones, antecesora de las Naciones Unidas.

Por su dominio del tema limítrofe, Víctor Andrés Belaunde sería convocado de nuevo para la defensa de los derechos del Perú. Esta vez encabezaría la delegación nacional que participaría en la Conferencia Internacional de Washington convocada para solucionar el tema de los límites con Ecuador (1936-38), aún sin definirse. Fruto de sus trabajos en el Archivo de Límites de la Cancillería publicó su importante obra La Constitución inicial del Perú ante el Derecho Internacional.

Su conocimiento del derecho internacional y su experiencia en la Sociedad de las Naciones hicieron de Belaunde la persona ideal para presidir la delegación peruana participante en la Conferencia de San Francisco, en 1945, cuya consecuencia más importante sería la creación de las Naciones Unidas.

Luego, desde 1949, Víctor Andrés Belaunde sería nuestro representante ante la ONU. En 1958 fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores del Perú y en 1959 fue elegido presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, hasta la fecha es el único peruano que ha alcanzado tal designación internacional.

Su muerte en Nueva York, el 14 de diciembre de 1966, tuvo tal impacto internacional que el presidente de los Estados Unidos, Lindon Johnson, dispuso un avión para que traslade sus restos al Perú.

Pensamiento

La Realidad Nacional (París, 1931) es uno de los libros más vitales de Belaunde para conocer su pensamiento y aportes al pensamiento socialcristiano en el Perú. Su aparición se aceleró para reflejar el impacto que tuvo el análisis marxista que José Carlos Mariátegui realiza en los 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, de 1928.

En el volumen, Belaunde subraya el error de los reformistas peruanos de principios del XX, que atienden el “desarrollismo industrial” y “descuidan” lo “esencial”, el problema indígena.

Discrepa con quienes buscan analizar nuestra realidad mediante una interpretación foránea de una problemática “típicamente nuestra”, como él decía. Sobre el problema de la tierra, se adhiere a la idea de darle personería jurídica a las comunidades, dotando al indígena de la educación y tecnología para desarrollar el campo.

Por el lado de la estructura económica, no escapa de su análisis el carácter dependiente de la economía peruana respecto del capital extranjero y los eventuales impactos de su dominio sobre la independencia política. Reconoce su importancia, pero deja claro que “no debe darse al capital extranjero una situación de privilegio”, prefiriendo “reservar las empresas de servicios públicos, y, sobre todo, las concesiones de nuestros recursos naturales al capital nacional”.

La absoluta honradez

Belaunde cierra su libro más importante presentando un tema central en su pensamiento y que le valió críticas por su enfoque laicista: su alta valoración al papel cumplido por el catolicismo en la historia peruana, tanto en sus raíces como la superestructura.

Por haber sido testigo y víctima de los abusos de la dictadura de Leguía, propone la constitución de un “gran partido nacional, sin exclusivismos ideológicos, que sume todas las voluntades rectas, que atraiga a todos los espíritus bien intencionados. Solo una condición: absoluta honradez.

La obra de Víctor Andrés Belaunde merece ser estudiada en escuelas y universidades, donde no se lo conoce con la profundidad que corresponde. Ese debería ser el homenaje que se le debería brindar a la obra y vida de un peruano que solo tuvo como norte el progreso del país.

Contacto. Centro de Documentación del Diario Oficial El Peruano: Telf. 315-0400, anexos 2702 y 2708.