Opinión
Periodista
Jorge Eduardo Eielson nació en Lima el 13 de abril de 1924. Su padre era sueco, y su madre, limeña. El poeta quedó huérfano de padre cuando contaba apenas 7 años de edad. Desde entonces ya manifestaba tendencias artísticas: tocaba piano, dibujaba, recitaba. Además, aprendió el inglés y el francés. Sin duda, un chico fuera de lo común.
Se dice que hizo sus estudios básicos en diversos colegios de la capital. De labios del maestro Emilio Barrantes –a quien entrevisté cuando cumplió los 100 años de edad– me enteré de que estudió el cuarto año de secundaria en el colegio nacional Alfonso Ugarte. Allí, el maestro organizó un ciclo de conferencias a cargo de los alumnos, y uno de ellos fue Jorge Eduardo, quien disertó sobre los simbolistas franceses. “¿Puede creerse esto?”, se preguntó entonces Barrantes. En el Alfonso Ugarte, Eielson tuvo como profesor a José María Arguedas, quien, impresionado por el talento de su alumno, lo acercó a la cultura precolombina y lo incorporó a los círculos literarios de la capital.
Por esos años comenzó a pintar. Ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes, pero pronto abandonó las clases, pues vio que el formalismo académico no iba con su espíritu libre y creativo.
En 1945 ganó el Premio Nacional de Poesía, y al año siguiente el Premio Nacional de Teatro, gracias a su obra Maquillage. Algo inaudito, que no se ha repetido en toda la historia de los premios nacionales. Contaba apenas veintiún años.
Por entonces, Eielson era un asiduo colaborador de revistas culturales. Incluso editó una propia: Correo de Ultramar. En ese transcurrir, en 1948 presentó en la galería Lima un grupo de obras que ya daban testimonio de su extraordinaria versatilidad.
A fines de la década de 1940 viajó a París gracias a una beca otorgada por el gobierno francés. Pocas veces regresó al Perú, pero cuando lo hacía, dice uno de sus biógrafos, su talento resonaba en todos los lugares que visitaba.
En París disfrutó del ambiente del quartier latin (el barrio latino), entonces en plena efervescencia existencialista, y de Les caves de Saint German-des-Prés junto con otros escritores y artistas provenientes de todo el mundo.
De allí pasó a Suiza, aprovechando una beca de estudios de la Unesco. A inicios de los años cincuenta, de Ginebra se trasladó a Italia. Ni bien puso el pie en la península, se sintió como hechizado: había encontrado la tierra de sus sueños. Se quedaría a vivir para siempre en Milán.
Y en esa suerte, pronto logró un espacio importante en la plástica italiana. En esta etapa se dedicó a la creación de móviles. Era tan buen artista que expuso en la famosa galería del Obelisco. Fue en este periodo cuando escribió sus mejores poemarios, como Reinos (1945), Habitación en Roma (1952), Noche oscura del cuerpo (1955), Ceremonia solidaria (1964), Sin título (2000) y Celebración (2001).
En 1963 inició su serie de quipus con telares y colores que recuerdan a sus abuelos precolombinos peruanos. “Tal vez fue un gesto –dice Nataly Villena– para redescubrirse en ese Perú heredado, pero distante, que conoció a través de José María Arguedas”. Presentó estas obras con gran suceso en la Bienal de Venecia de 1964, y luego en Lima (1967) y en las mejores muestras de Nueva York y París.
Aparte de ensayos, publicó dos novelas: El cuerpo de Giuliano (1971), con el apoyo de Octavio Paz, y Primera muerte de María (1987). Ambas fueron impresas en México.
En 1976 volvió a Lima por un periodo corto. No le quedaban ya familiares aquí, y muchos de sus amigos ya no estaban, de modo que ya no contaba con mayores incentivos para quedarse. Fue su último viaje a la ciudad que lo vio nacer.
En la actualidad, Eielson es considerado uno de los mayores poetas en lengua española (sus poemas han sido traducidos a doce idiomas).
Suscribo tal cual una frase del crítico José Miguel Oviedo que, creo, compendia lo que fue su producción: “Toda su obra expresa la fascinación de lo nuevo y la presencia inmediata de lo ancestral, virtud en la que hoy pocos lo superan”.
El poeta falleció en Milán el 10 de marzo del 2006. No recibió condecoración alguna y, ya ausente, no hay siquiera calle que lo recuerde. Nada más injusto.