Opinión
Periodista
Manuel Candamo ganó las elecciones de 1903 con una votación sin precedentes: 99% de los votos válidos. Claro, dirán algunos, con fraude, recordando denuncias del mismo calibre en el pasado. Lo cierto es que llegó a la Presidencia de la República con el entusiasmo de sus partidarios y sin el rencor de sus opositores. Justo un día como hoy, 7 de mayo, se cumplen 113 años de su partida. Y aunque no es un aniversario redondo, la oportunidad es propicia para recordar a esta figura señera de la política peruana.
Manuel Candamo Iriarte nació el 14 de diciembre de 1841 en un hogar acaudalado. Sus padres fueron don Pedro González de Candamo, considerado en su época el hombre más rico del Perú, y doña María de las Mercedes Iriarte.
Asistió al Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe y siguió estudios de Derecho en el Convictorio de San Carlos y la Universidad Mayor de San Marcos. Trabajó como periodista en El Comercio y en 1866 viajó desterrado a Chile por formar parte de la juventud que protestaba contra el Tratado Vivanco-Pareja, pero regresaría pronto para unirse a la revolución popular que estalló ese año, liderada por el coronel Mariano Ignacio Prado.
Luego sería destacado a Chile como secretario de la Legación Peruana. A los dos años, dejaría el servicio y poco después emprendería un viaje alrededor del mundo.
Al retornar a Lima se inscribió en el Partido Civil y alternó sus días entre la política y los negocios. Fue el máximo directivo del Banco Perú y presidente de la Cámara de Comercio de Lima.
Alcalde de Lima en 1876 –cuando tenía solo 35 años–, combatiente en Miraflores, presidente de la Junta de Gobierno a la caída de Cáceres, ministro de Relaciones Exteriores y jefe del Partido Civil en 1896.
Asumió muchas funciones, y cumplió todas con gran dignidad.
Se destacó especialmente en el Senado. Es de relevar, asimismo, su posición frente al contrato Grace, que juzgó de ruinoso negociado para el país. Por otra parte, fue el artífice de la alianza con los demócratas (de Piérola) en la Coalición Nacional de 1895.
Al asumir la presidencia, pronunció un notable discurso en el que intercedió por el arbitraje como fórmula para solucionar los conflictos internacionales –estaba vigente el problema de Tacna y Arica–, y aseguró que en el futuro esa fórmula se impondría en toda América.
Abogó, asimismo, por la concordia nacional y, sorprendiendo a sus adversarios, anunció que por encima de cualquier ingrato recuerdo de la pugna con sus detractores buscaría la forma de continuar la obra de mejoramiento emprendida durante los dos últimos períodos presidenciales. Esa expresión y ese deseo retrataban de cuerpo entero a un hombre recto, distante de todo cálculo y mezquindad.
Entre otras cosas, prometió la reforma de la Ley Electoral y de la Ley de Imprenta, así como vías de comunicación, irrigaciones, inmigración extranjera y educación industrial.
Fue elegido jefe de Estado para el período 1903-1907. De esos cuatro años gobernó solo ocho meses. Fue el tercer presidente de la llamada República Aristocrática.
Hombre de ideas claras y atrayentes, dejó frases y expresiones vigentes hasta hoy.
“El día que arraiguemos en nuestro pueblo hábitos de orden, de estricto cumplimiento de la ley y, más que todo, de moralidad política, entonces y solo entonces, podremos conocer y apreciar los beneficios de la ley”.
“Mientras eso no suceda –continúa– estaremos haciendo la labor de Penélope, deshaciendo hoy lo hecho ayer y deshaciendo mañana lo que hacemos hoy, y confirmando cada vez más la opinión que tenía de nosotros un sabio italiano que decía: ‘El Perú no es un estado constituido sino un estado habitado’”. Desgraciadamente, ciento diez años más tarde, seguimos en lo mismo.
Candamo enfermó poco después de tomar la presidencia. Su médico, un francés de apellido Larre, le detectó un mal reumático y consideró que las aguas de Jesús (Arequipa) lo aliviarían. El presidente abordó el vapor que lo llevaría a Mollendo, pero al desembarcar sufrió dos desmayos.
Después de estar tres semanas en Arequipa y sin alcanzar su meta de visitar las aguas de Jesús, falleció la mañana del 7 de mayo de 1904. Fue enterrado en el Presbítero Maestro. Su lápida reza: “Solo la honradez y la verdad pueden levantar a este gran país”. Nada más cierto.