Opinión
Periodista
César Alfredo Miró Quesada Bahamonde nació el 7 de junio de 1907 en Lima, entonces una ciudad pequeña, apacible y de calles empedradas, que apenas albergaba a 200,000 habitantes. Sus padres fueron Alfredo Miró Quesada y Rosa Bahamonde. Hizo sus estudios básicos en los colegios Inmaculada y San Agustín. Se cuenta que de este último se escapaba de clases para irse a la Biblioteca Nacional y allí, a sus anchas, leer todo lo que ansiaba, principalmente a los clásicos.
Terminó la secundaria en 1924 y al siguiente año viajó a Europa. En Francia siguió cursos de Filología en La Sorbona de París y en España frecuentó la Universidad Central de Madrid. En la Ciudad Luz conoció a César Vallejo, de quien se hizo muy amigo. Colaboró entonces en las revistas Amauta y Mundial, firmando con su nombre completo.
De vuelta a la patria (1930) abrevió su apellido a Miró porque, acaso, no conjugaba con sus inquietudes políticas que por entonces se inclinaban al socialismo. Llevado por esa inquietud asistía a las famosas tertulias en casa de José Carlos Mariátegui.
Por otro lado, era un fervoroso amante de la música. En los años cuarenta integró un trío criollo y compuso canciones inolvidables como ‘Malabrigo’, ‘Se va la Paloma’ y ‘Todos vuelven’. Es que tras de este personaje, al que comencé a admirar desde que escuché esos versos engalanados de ‘Todos vuelven’ –uno de los temas peruanos más hermosos del siglo XX– bullía una vida intensa y fecunda. Escritor, periodista, compositor, guionista de cine, figura de la televisión, es decir un polifacético.
En 1948 incursionó en el cine, dirigiendo el cortometraje ‘El balcón de la libertad’ y las películas Cómo atropellas Cachafaz y Una apuesta con Satanás. A mediados de la década de 1950 fue traductor de la Columbia Pictures, en Hollywood. A su retorno al Perú dirigió el departamento de Cultura, Arqueología e Historia del Ministerio de Educación. Durante el primer gobierno de Belaunde fue nombrado embajador ante la Unesco.
En 1967, de vuelta una vez más al país, asumió la dirección de Cultura en el Ministerio de Educación y, luego, regentó la cátedra de Historia de la Cultura en la Universidad de Lima. En la década de 1970 volvió a su viejo amor: el periodismo. Dirigió el diario Ojo y el suplemento Variedades de La Crónica y, finalmente, en 1981, integró el cuerpo editorial de El Observador.
Miró consideraba entre los momentos más importantes de su vida haber tratado con los dos hombres, Vallejo y Mariátegui, que definen todo lo que el Perú significaba en su época. Del poeta solía recordar su bondad extraordinaria, su profunda ternura y su dolor y resentimiento por varios maltratos que recibió de algunas autoridades peruanas.
Cuando se conmemoraron los cien años del nacimiento del autor de Siete ensayos de la realidad peruana, Miró era uno de sus pocos amigos (entonces 5) que aún vivían. Recuerdo que esa vez lo visité en su oficina de la Asociación Peruana de Autores y Compositores del Perú (Apdayc), de la cual era presidente, para que me hiciera algunos recuerdos del Amauta. Vestía entonces informalmente, en mangas de camisa, a tono con el verano de ese año (1994). Y en su serena longevidad, que llevaba tan dignamente a los 88 años de edad, no hice más que escucharlo, porque de sus labios brotaban recuerdos, anécdotas, en un lenguaje tan fascinante, que hubiera sido desatinado interrumpirlo.
Al ausentarse de ese mundo tan amoldado para él, como fue el periodismo y la televisión, dejó un vacío que se hizo sentir no solo entre los exquisitos, sino también entre la gente de pocos o ningún pergamino. Porque pocos como él le dieron a ese mundo la pincelada maestra de César Miró.
Miró cultivó todos los géneros literarios. Sus libros más recordados son: en teatro La Mariscala; en ensayos biográficos: Cielo y Tierra de Santa Rosa de Lima y Don Ricardo Palma, el patriarca de las Tradiciones (Premio Nacional de Literatura 1954): en novela, Teoría para la mitad de la vida y La revuelta de los coroneles; en poesía, Nuevas voces para el viento y, entre otros, Ollantay, La ciudad del río hablador (dos ediciones) y Mariátegui, el tiempo y los hombres (1989).
Don César se fue, silenciosamente, como él tal vez lo deseaba, recluido en sus recuerdos, tantos recuerdos. Partió a la gloria el 8 de noviembre de 1999. Contaba entonces 92 años de edad.