Opinión
Periodista
Nicolás de Piérola y Villena nació en Camaná, Arequipa, un viernes 5 de enero de 1839. Sus padres fueron Nicolás Fernández de Piérola y Flores y doña Teresa de Villena y Pérez. En 1853, motivados por la marcada vocación eclesiástica del niño, sus progenitores lo matricularon en el Seminario de Santo Toribio de Lima. Pudo haber sido cura, pero en 1861 abandonó la institución para casarse con su hermana Jesús Iturbide Villena.
Ya lejos de los rezos y campanarios, se dedicó a las actividades mercantiles y al periodismo. A comienzos de la década de 1860, escribió en los periódicos La Patria y Progreso Católico, y en 1864 lanzó su propio periódico, El Tiempo, que apostó por el gobierno del general Pezet.
Superado el ventarrón de la guerra con España, ingresó en la arena política, iniciándose como ministro de Hacienda. Juró el 7 de enero de 1869, dos días después de cumplir los 30 años de edad. Con la audacia que lo caracterizó siempre, asumió la responsabilidad de sacar al país del marasmo económico en que se encontraba.
En ese reto, lo primero que hizo como ministro fue pedir la autorización del Congreso para negociar directamente la venta del guano en el exterior en un volumen que bordeaba las dos millones de toneladas métricas. La Casa Dreyfus de Francia aceptó la propuesta, que luego se concretó en el histórico y polémico Contrato Dreyfus, por el que se concedió a la empresa francesa el monopolio de la exportación del guano.
Una vez conseguida la aprobación del Congreso se llevó adelante el contrato, no obstante las protestas de algunos sectores del país. El acuerdo permitió al gobierno de Balta tener plata como cancha para, de esta manera, emprender un fantástico programa de obras en el que predominaría la inversión ferrocarrilera.
Entre 1874 y 1876, luego de retornar de un viaje a París, porfió con una serie de acciones revolucionarias que intentaron, primero, derrocar a Manuel Pardo y, luego, a Mariano Ignacio Prado. Intentos que terminaron en el mayor fracaso, salvo el último que concluyó en una honrosa capitulación.
En 1879, con el inicio de la guerra con Chile (5 de abril) y la ausencia del presidente Prado, Piérola dio un golpe de Estado (21 de diciembre) que lo erigió jefe supremo. Como dictador, hizo lo indecible para afrontar la situación, pero ¡qué tarde era ya para corregir el curso de los acontecimientos! El enemigo avanzaba sin que nadie pudiera contenerlo. Cuando ya estaba a las puertas de Lima, Piérola desbarró en la defensa de la capital. Sin contar con la menor idea de lo que es una estrategia militar, llegó al extremo de mandar a colocar cañones en el cerro San Cristóbal. Cañones, todos mohosos, con los que, sesenta años después, tropecé de niño subiendo al cerro en 1939.
Luego de las derrotas de San Juan y Miraflores, estableció su gobierno en la sierra hasta su dimisión, ocurrida en noviembre de 1881.
En 1882 fundó el Partido Demócrata, y en 1885 se alió con el Partido Civil. Fue apresado el 5 de abril de 1890 y sometido a proceso, pero logró fugarse de la cárcel y salir del país. Sin embargo, se aferró al poder. En marzo de 1895, en gesta que tiene visos de leyenda, desalojó a Cáceres de Palacio. Piérola transformó el país. Por primera vez no hubo golpes de Estado durante casi veinte años.
Elegido presidente (1895), emprendió la reconstrucción nacional: fortaleció las instituciones públicas, impulsó el desarrollo integral del país, estableció como unidad monetaria la libra peruana o patrón de oro, contrató una misión militar francesa para modernizar el Ejército, se abrió la avenida La Colmena (hoy Nicolás de Piérola), entre muchas otras realizaciones.
Cuando se quebrantó su salud lo fueron a visitar a su casa de la calle El Milagro, los presidentes Billinghurst y Leguía, entre otras personalidades. Se cuenta que su sepelio fue apoteósico, el más grande de su época. Partió así, en olor a multitud, el 23 de junio de 1913. Contaba 74 años de edad.