Central
José Vadillo Vila
jvadillo@editoraperu.com.pe
En la antigua estación de Desamparados, rebautizada este siglo como Casa de la Literatura Peruana, nos recibe un enorme retrato cincelado en bronce, en altorrelieve, de un hombre de pómulos hundidos y rostro cetrino. Se llamaba Ernest, pero aquí le rebautizaron como Ernesto.
Malinowski fue polaco, ciudadano del siglo XIX e ingeniero. El 5 de enero se cumplieron 200 años de su natalicio y su nombre está impreso en el tren que atraviesa hasta hoy los Andes centrales del Perú.
En realidad, el nombre con el que sus padres lo bautizaron en Seweryny era mucho más extenso: Adam Stanislaw Hipolit Ernest Nepomucen.
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Un hombre va pegado a sus circunstancias. Malinowski fue hijo de un miembro de la nobleza polaca. Pero tuvieron que huir a París para salvar el pellejo, cuando el zar de Rusia invadió Polonia, y quitó bienes a la nobleza del país invadido. En la capital francesa, el joven de los cinco nombres encontró su futuro, se hizo ingeniero, se especializó en ferrocarriles, entonces columna vertebral del tren del progreso.
Como “conductor” de trabajos de ingeniería, integró el Cuerpo de Caminos y Puentes, hizo trabajos de caminos, encauzamiento de ríos y vías de ferrocarriles. Pero Malinowski sufrió el estigma del extranjero: muy buen ingeniero, muy noble, pero tenía que haber nacido en el país de los quesos y vinos si quería dejar de ser “conductor” y ser miembro del cuerpo.
Su historia se enlaza con la del Perú cuando acepta la invitación que le extiende el presidente José Rufino Echenique. Se embarcó junto a dos colegas franceses y llegó al Callao a finales de 1852. Los ingenieros eran muy requeridos en las naciones nacientes para dirigir no solo obras de trazado de trenes y caminos, sino también para modernizar su minería y agricultura. Los tres extranjeros crearon a pedido del Estado lo que sería la Junta Central del Cuerpo de Ingenieros y Arquitectos del Estado. Malinowski había pensado quedarse tres años, pero moriría aquí. Sería enterrado ya mayor con los honores de un héroe de la patria.
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A siete años de su llegada, ya conocía al dedillo el potencial de este país (lo había recorrido realizando diversas obras de ingeniería civil en Costa y Sierra).
Fue en 1859 cuando presentó por vez primera al Estado su plan para construir una línea de ferrocarril que uniría el puerto del Callao con el valle del Mantaro. Visionario: el sueño de Malinowski era que el tren llegue a la Selva, y de ahí nos una con Brasil y el océano Atlántico.
Para la luz verde transcurrieron 11 años. En el ínterin, en 1865, dirigió la construcción de las fortificaciones del primer puerto para defenderse del ataque de las tropas españolas. Y se enroló para luchar el 2 de mayo de 1866 contra los españoles. Fue incluido en la nómina de los héroes “Vencedores del Dos de Mayo”.
El 20 de enero de 1870 se iniciaron las obras del ferrocarril trasandino, gracias a la asociación del Estado peruano con el empresario estadounidense Henry Meiggs. Se paralizarían ocho años después (Meiggs falleció en 1877). Tras la guerra con Chile, el Perú no podía llevar adelante el proyecto y el presidente Andrés A. Cáceres decidió entregar por 66 años en concesión a los acreedores externos la administración de los ferrocarriles, para que completen la obra. La Peruvian Corporation continuó las obras en 1890 con Malinowski y en 1893 llegó a La Oroya. En su gran mayoría, este tren que hoy atraviesa el mazo andino, por intermedio de 61 puentes y 65 túneles, es el mismo que diseñó el ingeniero polaco más cholo.