Opinión
Julio Panduro Chamorro
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Basta con recordar la teoría del heartland (corazón continental), formulada por el geógrafo británico Halford John Mackinder en 1904, la cual considera que el norte y centro de Eurasia, debido a su control sobre el continente y a sus abundantes recursos naturales, será finalmente el centro del poder político que domine el mundo frente a las potencias cuya fuerza reside en el control de los mares y los espacios circundantes.
Por consiguiente, el país que controle aquel corazón continental, será el que domine el resto de Europa y Asia, y con ese control de la mayor región del mundo, tendrá la capacidad de dominar el resto del planeta. Ya la historia demostró que muchos grupos y países han fracasado de manera reiterada en la conquista de ese vasto territorio. Tenemos a los hunos, los mongoles, la Rusia zarista, la Alemania nazi, la extinta URSS.
Es cierto que China aún tiene un camino largo que recorrer para ser una potencia militar y naval, pero de aquel imperio chino que decayó por la guerra del opio y la invasión de diversas potencias occidentales queda poco o nada. Del país en vías de desarrollo y atraso tecnológico que fue al inicio de la revolución encabezada por Mao Zedong, China se ha convertido en un protagonista insoslayable, en un influyente socio, y en un firme candidato a ser la superpotencia mundial, ante el nerviosismo de sus pares intercontinentales y de sus vecinos territoriales.
Y tiene instrumentos para lograrlo. En su reconversión del comunismo al “socialismo con características chinas”, ha comprendido que este mundo ya no es dominado por las armas, sino por un recurso que tiene en abundancia: el dinero.
A ello se suma que actualmente el heartland de Mackinder se encuentra geográficamente en el noreste de China, es decir, ese espacio de importancia geopolítica está bajo el gobierno de Beijing. También es una afirmación de perogrullo que la nación china alardea de un poder económico apabullante porque apenas tiene deuda pública, goza de índices de expansión galopante que se creían difíciles de mantener en el tiempo, aplica una ambiciosa política exterior que gana cada vez más aliados, posee un presupuesto en defensa que no deja de incrementarse cada año…
¿Alguna otra nación tiene esas ventajas para convertirse en la gran potencia del planeta? Ninguna. Estados Unidos mantuvo esa condición por décadas, pero la visión de un eximio estratega como Napoleón ya alertaba de un cambio: “Cuando China despierte, el mundo temblará”.