Opinión
Domingo Tamariz
Periodista
Han transcurrido 22 años de su partida (17 de setiembre de 1996) y sus hinchas todavía lo recuerdan con cánticos, imágenes y grandes banderolas
Otro héroe del balompié peruano fue el Nene Cubillas, siempre admirado y recordado, pero que, como el Cholo Hugo Sotil, no alcanzó la espectacular popularidad de la que hoy goza Paolo.
Paolo Guerrero Gonzales nació en Chorrillos el 1 de enero de 1984. Hijo de José Guerrero y doña Petronila Gonzales, supo desde muy niño de la pasión del fútbol, pues el Coyote Rivera, su hermano mayor, jugó en la “U”, Cristal y Melgar, y su tío Caíco Gonzales fue arquero del Alianza Lima y de la Selección Nacional. Caíco fue una de las víctimas del trágico accidente del Fokker, acaecido en diciembre de 1987. Además, está emparentado con Carlos Mágico Gonzales, el Panadero Díaz y Héctor Chumpitaz, primo de doña Petronila, entre otros conocidos futbolistas.
Empezó a engolosinarse con la pelota de cuero a los siete años en el once infantil del Alianza Lima, donde coincidió con Jefferson Farfán, el hermano, el amigo de siempre, nacido también en 1984.
A los doce años ingresó en el colegio Los Reyes Rojos de Barranco, en el que cursó el sexto año y la secundaria. Allí, en sus aulas, se volvió a encontrar con Jefferson. Aquí es importante señalar que en Los Reyes Rojos se impartía una educación muy especial, y que su director, Constantino Carvallo, entonces dirigente de la división de menores del club grone, cumplió un papel importante en la formación de Paolo.
En Alianza llegó con suma rapidez al equipo juvenil. Fue en ese periodo que le llenó los ojos a un cazatalentos del Bayern Munich. Contaba apenas dieciocho años cuando aterrizó en suelo alemán (2002). En el Bayern no solo luchó contra el frío y el idioma; además, hubo de ganarse un puesto en el equipo desde abajo.
Comenzó jugando en la división juvenil del club y, a punta de goles, ascendió antes de los dos años al primer equipo. En el Bayern sumó 17 goles en 48 partidos. Además, ganó la Copa Alemana en dos temporadas consecutivas.
No era nada fácil ser titular en el Bayern. La competencia era muy dura. Creyó entonces que para ser alguien en el fútbol alemán tenía que cambiar de club. Así, fichó por el Hamburgo, en el que se consolidó como titular insustituible durante seis temporadas.
Por esos años vistió por primera vez la camiseta nacional (2004). Desde entonces ha anotado 41 goles jugando por la selección, lo que lo ha convertido en el máximo goleador de la escuadra peruana.
Durante su paso por el fútbol alemán, un aspecto de su personalidad que no se puede soslayar es el de su ingobernable temperamento. Una vez, por ejemplo, le lanzó una botella con agua a un fan del Hamburgo que, al parecer, lo había insultado. Y en noviembre del 2011 agredió a un guardameta del Stuttgart, lo que le costó ocho fechas de suspensión.
En esa coyuntura, le dijo adiós al Hamburgo. Tenía dos ofertas: una del Valencia y otra del Corinthians. Optó por la segunda y fichó por el equipo brasileño en el 2012. En sus comienzos en este club estuvo con el santo de espaldas, pero al poco tiempo se afirmó como titular. En ese andar, se convirtió en el héroe del duelo Corinthians-Chelsea por el título mundial interclubes, al marcar el gol del triunfo. Se mantuvo en este club por tres temporadas. En el once paulista se ungió como el máximo goleador extranjero, superando al argentino Carlos Tevez.
Luego vinieron su paso al Flamengo, su participación en las Eliminatorias mundialistas, su abusiva suspensión por la FIFA y el TAS por un resultado analítico adverso (dopping). Pero Paolo no se rindió: siguió peleando, clamando su inocencia.
En ese desventurado proceso todo el país lo apoyó, y lo mismo hicieron la colectividad futbolera, los críticos y la federación mundial de futbolistas.
La justicia suiza le suspendió el castigo y pudo así cumplir su gran sueño, jugar un Mundial, aunque sin llegar a la plenitud física. Sin embargo, pudo darse el gusto de anotar un gol.
El Mundial quedó atrás y ahora calienta motores para reaparecer en el Flamengo. A los 34 años, Paolo Guerrero, por lo visto, tiene aguante para rato. ¡Qué bueno que así sea!