Opinión
José Vargas Sifuentes
Periodista
Son muchos los historiadores que recuerdan que el siglo XVIII abundó en protestas, revueltas, motines, levantamientos, y el siglo XIX fue de explícita vocación emancipadora, pues abundaron los gritos libertarios, la formación de juntas de gobierno paralelo, declaraciones y hasta proclamaciones independentistas informales como ocurrió en Tacna (1811), Huánuco (1812), Cusco, Moquegua (1814), entre otros.
Esos hechos demuestran que el ansia de libertad ya había sentado sus reales desde la sublevación de Túpac Amaru II, ocurrida en 1780.
La llegada del general José de San Martín y su ejército de liberación tuvo la virtud de impulsar esos afanes de libertad que recorrían todos los rincones de la Patria.
Un repaso de la historia, de todas esas expresiones, demuestra que el primer grito de independencia en el Perú se escuchó en Cangallo, la actual provincia de Ayacucho, el 7 de octubre de 1814. Es decir, seis años antes de que el general San Martín desembarcara en Paracas.
Ese día sus habitantes, al lado de sus valientes jinetes morochucos, dirigidos por Basilio Auqui, juraron solemnemente su independencia en cabildo abierto, y suscribieron el Acta con sangre de sus venas, que ellos mismos se extrajeron para rubricar el documento y jurar su libertad.
El historiador huamanguino Max Aguirre sostiene que en ese acto se “alcanzó a observar el formalismo jurídico pertinente que implicaba una ceremonia juramentaria legitimadora”.
Este fue el corolario de las numerosas batallas, en las que los montoneros derrotaron a las tropas españolas, comandadas por los generales Mariano Ricafort y José Carratalá.
Al conocer el heroísmo de Auqui y los morochucos, San Martín la llamó Heroica Villa; y años después Simón Bolívar la nombraría Heroica Provincia de Santa Rosa de Cangallo.
Otro caso fue el de Ica, que juró su independencia el 21 de octubre de 1820, después de que el general Álvarez de Arenales, enviado por el Libertador, iniciara la campaña en la sierra, venciera a los españoles en la batalla de Nasca y ocupara Ica.
La siguiente proclamación de independencia fue la de Huamanga el 1 de noviembre de 1820, con asistencia del cabildo local convocado por Álvarez de Arenales.
Por otro lado, y desde un balcón de Huaura, San Martín proclamó por primera vez la independencia del Perú, el 27 de noviembre de 1820. Por eso se conoce a esa ciudad como ‘cuna de la Independencia Nacional del Perú’.
El 8 de diciembre, tras la victoriosa Batalla de Pasco, Álvarez de Arenales convocó a los pobladores en la plaza Chaupimarca y se juró solemnemente la independencia de Pasco.
El general argentino se trasladó al valle del Mantaro, y allí proclamó la independencia de Huancayo el 20 de noviembre de 1820. Después llegó a Tarma, cuya independencia fue jurada el 29 del mismo mes.
Paralelamente, y siguiendo con la corriente libertadora, el pueblo de Huánuco juró su independencia el 15 de diciembre de 1820.
Toda esa región estaba sujeta a la jurisdicción de la Intendencia de Trujillo, cuyo titular, José Bernardo de Tagle, marqués de Torre Tagle, juró su independencia el 29 de diciembre de 1820, y luego envió emisarios a las ciudades del norte con instrucciones de hacer lo mismo.
Así, el cabildo de Lambayeque proclamó su independencia el 27 de diciembre; y el de Chiclayo juró la suya el 31; Piura lo hizo el 4 enero de 1821; Cajamarca y Hualgayoc, por separado, el 8; Chota, el 9, y Ferreñafe y San Pedro de Lloc el 10 de enero. Lo mismo hizo la provincia de Motupe por esos mismos días.
Lo dicho demuestra que hubo varias proclamaciones de la independencia, y explica el porqué muchos pueblos reclamen una revisión de la historia, en particular las jornadas independentistas, ad portas de la celebración del bicentenario de nuestra independencia; y se les reconozca su participación en las luchas por desprendernos del yugo español.
Sería una gran forma de reconocerle a nuestros ancestros su valerosa lucha por la libertad y un esfuerzo por sacarlos del olvido o de la marginación histórica en la que se los mantiene.