Opinión
Domingo Tamariz Lúcar
Periodista
La intervención de la mujer en la gesta emancipadora empezó cuando se iniciaba la conquista. La encabezó Kura Oqllo, quien secundó a su esposo, Manco Inca Yupanqui, en su anhelo de reconquistar sus tierras con un gran ejército. Ella se encargó de organizar, desde la fortaleza de Sacsayhuamán, el bloqueo de la Ciudad Imperial. Kura fue capturada y conducida al Cusco, donde Pizarro ordenó ajusticiarla a flechazos.
Esta mujer, ignorada por millones de peruanos, fue una de las primeras heroínas que murió por recuperar nuestros territorios. Ellas no participaron mayormente en el campo de batalla, sino que lo hicieron recogiendo valiosa información o como espías, valiéndose de su supuesta debilidad y “apatía política”, que era tan importante como disparar un tiro o arrojar una lanza.
El grito libertario en el Perú siempre encontró en las mujeres a sus más grandes colaboradoras. Y en ese sino sufrieron las situaciones más adversas: persecución, cárcel, exilio y muerte, trance, este último, por el que pasaron Micaela Bastidas, la compañera de lucha y esposa de Túpac Amaru II, torturada y fusilada en 1782, y María Andrea Parado de Bellido, fusilada tras ser acusada de haber enviado información al bando patriota.
Sostiene la historiadora estadounidense nacida en Austria Gerda Lerner que “hasta un pasado reciente los historiadores han sido varones y lo que han registrado es lo que los varones han hecho, experimentado y considerado que era importante lo han denominado historia y lo han declarado universal. Lo que las mujeres han hecho y experimentado no ha sido escrito, ha quedado olvidado y se ha hecho caso omiso a su interpretación”.
A fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, la intervención femenina se manifestó en todos los estratos sociales, desde indígenas, pasando por negras, mulatas, mestizas y hasta criollas de la alta sociedad, como las limeñas Brígida Silva, quien en 1809, junto con familiares y amigos, conspiraron contra el gobierno virreinal, y doña Juana de Dios Manrique de Luna, que colaboró estrechamente con José Olaya en su labor de difundir la correspondencia entre patriotas.
En otro plano se ubican doña Cleofé Ramos de Toledo y sus hijas Teresa y Ana. Ellas impidieron, junto con los pobladores de Concepción, que tropas realistas cruzaran el puente Balsas. Justamente cuando estaban a pocos metros de superar la pasarela, las hermanas Toledo cortaron las amarras del puente y este se desplomó, con lo que los soldados realistas cayeron a las aguas bajo el fuego graneado de los patriotas. San Martín reconoció esta acción otorgándoles la Medalla de las Vencedoras.
Sería largo enumerar a todas las mujeres que se jugaron la vida por la independencia. De ellas debemos destacar a Ana de Tarma, quien comandó un grupo de guerrilleras que opuso resistencia a las huestes realistas durante 13 años (1742); a María Gregoria, que prefirió el martirio antes que revelar nombres de los conspiradores (1750); a Juana Moreno, en Llata, Huánuco, quien protestó por los abusos y excesos de las autoridades y, al no ser escuchada, se rebeló junto con otros patriotas al grito de “muerte a los tiranos”, por lo que fue enjuiciada y sentenciada a muerte, aunque, finalmente, terminó recluida en la cárcel Real de Lima (1777); a Cecilia Túpac Amaru; a Juana Toribio Ara, quien secundó la revolución de Enrique Paillardelle en Tacna (1813); a Ventura Ccalamaqui, que dirigió un levantamiento popular en Huamanga en apoyo a las huestes patriotas (1814), y a Juana Noil de Esquivel, quien apoyó la sublevación del Cusco (1815).
Por último, hay que recordar a las rabonas, mujeres que iban a la retaguardia de todos los ejércitos transportando vasijas de agua para los moribundos y fuentes de comida para los hambrientos.
Por esas arriesgadas acciones, San Martín entregó la Orden del Sol del Perú a 112 mujeres que habían destacado en delicadas actividades patrióticas.
Debemos aprovechar el Bicentenario para reescribir la historia y darles a estas valerosas mujeres el sitial que merecen en la historiografía peruana. Como los hombres, ellas merecen el calificativo “madres de la patria”.