• SÁBADO 14
  • de marzo de 2026

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Un gigante deportivo

José Vadillo Vila

jvadillo@editoraperu.com.pe

Los goles de Cubillas, los puños de Mauro Mina… donde nace el deporte, ahí estaba Pocho Rospigliosi (1930-1988). Daba la patadita de honor en un partido Cienciano-Muni en el Cusco, acto seguido acariciaba a sus caballos (llegaron a ser una treintena) en su propio stud en el hipódromo del Jockey Club, y luego buscaba pastas y pollos a la brasa para sus goces de buen comensal.

El voluminoso y carismático comentarista con dientes de lagomorfo y frases ingeniosas hablaba los sábados y domingos –cuando la oferta televisiva se limitaba a tres canales con antena de conejo– por nueve horas en el matutino kilométrico Gigante Deportivo. Entrevistaba, además de deportistas, a las estrellas que llegaban a Lima, a Luis Miguel, Óscar D’León o Dámaso Pérez Prado, por citar algunos.

Se reía con Chabuca Granda mientras le mostraba las versiones del valse ‘La Flor de la Canela’, que Rospigliosi había conseguido hasta en japonés. Hay fotos de él junto a Mohamed Alí o Mario Moreno Cantinflas, entre centenares más. Don de labia y de gente, al rey Pelé lo convenció para que fuera columnista de su revista Ovación.

Tomaba los micrófonos para sus Domingo de Ovación, en los que hablaba de deportes al por mayor –y fútbol como lateral central– y de música. ¡Sí, Rospigliosi era de la hueste de los melómanos! Eso aunque no sabía bailar, pero poseía más de cuatro mil discos.

A diferencia de su programa radial diario que arrancaba a las siete de la noche marcando la pauta de las páginas deportivas del día siguiente, el del domingo era un magacín que empezaba a las 9 de la mañana y no paraba hasta las siete de la noche. En el intermezzo, Pocho lo sazonaba por valses, guarachas y otros ritmos afines a su oído con gusto popular. “Es lo que le gusta a la gente”, es otra de sus frases.

Domingo de Ovación era un sancochado o siete sabores que ganó audiencia y trofeos, aunque otros vieron solo a un precursor del “periodismo chicha”.

Pocho le sacaba provecho a su talante de gran interlocutor, a su conocimiento del mundo y del oficio periodístico. Siempre estaba actualizado –leía todas las revistas y diarios extranjeros que podía–.

Con esa escuela formó a más de una generación de hombres de prensa allegados a las canchas. Solo les exigía puntualidad y no perder el tiempo en las comisiones; daba el ejemplo empezando las jornadas a las siete de la mañana.

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Periodista deportivo notorio, Rospigliosi dirigía su imperio Ovación desde su oficina, en la cuadra tres de la avenida Uruguay, en el Centro de Lima.

Y avanzó paralelo a la historia de la Bicolor: ponía los micrófonos a los DT Didí y Marco Calderón, y de paso, tuteaba a César Luis Menotti o Alfredo Di Estéfano, que terminaron siendo sus amigos. Igual que Julio Iglesias, el cantante ibérico que también empezó, como el periodista limeño, como guardametas, pero la esfera de la vida les metió faul y los llevó a triunfar otras canchas. Pocho era seguidor del Real Madrid, pero su verdadero amor fue el Sport Boys del Callao.

No escamoteó palabras de aliento para los deportistas nacionales y consideró al aliancista Guillermo Delgado como el mejor de los futbolistas que vio jugar.

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Era lo que hoy definen los laboralistas como trabajólico, por su capacidad de multiplicarse en torno al balón; de taquito, era viajero incansable (exageraba y decía que viajó “más de mil veces” a Estados Unidos, además de darle la vuelta al globo con un micrófono y una pluma en la mano).

A los 18 años, Rospigliosi ya estaba tecleando notas en la redacción de La Crónica, diario al que llegó por derecho propio, gracias a una fotografía y un artículo de la selección peruana que viajaba al Sudamericano de Guayaquil.

Era 1947. Durante 28 años, el periodista, al que sus amigos apodaban Diente de Leche, perteneció a las filas de La Tercera de La Crónica (salió en la época del gobierno militar y volvió, brevemente, con la democracia, en 1980).

Con el verbo y el criollismo en la punta de los labios, Pocho había llegado para quitarle la corbata de mariposa y el frac al periodismo deportivo (para muestra sus envíos acompañando a la oncena en su gira previa a México 70, testigo de la actuación del Perú en la Bombonera bonaerense).

Por eso, el 15 de octubre de 1988, la edición de La Crónica fue de luto: en letras blancas sobre fondo negro decía una llamada de la portada: “Periodismo deportivo de duelo: Murió Pocho Rospigliosi”. Fue una portada tristísima porque también se anunciaba el deceso del saxofonista Julio Mori. Por Pocho, derramaron lágrimas numerosos periodistas.

Su compañero desde 1953 en las páginas deportivas y hombre de radio como él, Littman Gallo Gallito, escribió: “Aunque en su largo trajinar profesional forjó varias generaciones con solo predicar con el ejemplo, es muy difícil que alguno de los que el forjó podamos ocupar el sitial que siempre ocupó”.

Alfonso Rospigliosi Rivarola falleció a los 57 años de edad en la clínica Teza de Monterrico, víctima de un derrame cerebral. Había sufrido cuatro infartos en julio y en Miami le pusieron tres by pass. En el ínterin, su madre murió, Golpe tras golpe. Los hombres de prensa se turnaron para cargar su ataúd.

El nombre de su programa Ovación se hizo radio propia, siguió sus pasos el menor de sus cuatro hijos, Micky –fallecido en el 2009–. Aunque tenía la escuela, era distinto, otra forma de ver los comentarios deportivos (bien, las segundas partes no se comparan con las primeras, salvo en Netflix). Y hoy, Ovación pertenece a terceros.