Opinión
Sergio Salas
Abogado, Músico criollo
Ahora, ¿recuerdan que hace unas semanas proponía hacer un mea culpa y ser autocrítico? Hoy quiero hacer ese ejercicio con este tema.
Para empezar, debemos remontarnos al año 1944 cuando el presidente Manuel Prado decretó el Día de la Canción Criolla. He escuchado muchas historias de ese día, como que la primera canción que se entonó luego de la promulgación fue interpretada por la Limeñita y Ascoy y que la celebración fue en el Centro Musical Carlos Saco, en Barrios Altos.
Han pasado 74 años y eso es mucho tiempo. Por otro lado, no tengo el dato exacto de cuándo comenzó la costumbre de celebrar Halloween en el Perú, pero sí tengo en la memoria que en los ochenta mis padres nos disfrazaban a mí y a mi hermana para salir el 31 de octubre a pedir dulces. Confieso que es uno de los mejores recuerdos que conservo de mi infancia. Lo digo porque uno de los argumentos que existen es que “los niños deben aprender y preferir música criolla y que esta debe impartirse en casa y en el colegio”.
Durante años yo también he sostenido esto, hasta que me puse a analizar las letras y las melodías de las canciones criollas más populares, y luego de las más escondidas. Hay canciones lindas que en su letra hablan de temas que un infante o un niño no tiene en su mundo (como decía Yola Polastri “Los Niños y su Mundo”).
Y es que a un niño no se le puede exigir que aprenda y disfrute escuchando “si pasas por la vera del huerto de mi amada” o “conformidad le pido al redentor para calmar mis penas” que, si bien son letras bellas, son hechas por y para adultos. Además, la melodía de las canciones infantiles es especial. Los músicos entenderán que casi todas están en tonalidad mayor. Es rarísimo escuchar una canción de cuna en tonalidad menor. Y aunque parezca mentira, los sonidos de los instrumentos que se utilizan en las canciones para niños también responden a una preferencia de estos para con esos sonidos.
Entonces la pregunta cae de madura: En 74 años, ¿qué hemos hecho los criollos para ganarnos al público infantil? Salvo contadas excepciones, me arriesgaría a decir que poco, o nada.
Un segundo argumento cuestiona que solo por ser una tradición propia del Perú, debe preferírsele. Como ejemplo quiero citar otra tradición cuyos registros se remontan hasta las épocas de la Colonia: La fiesta de Amancaes. Las personas iban en junio a las pampas de Amancaes a pasar un día de campo con música y fiesta. El 24 de junio era su día central. Hoy las pampas no existen más ya que todo está urbanizado, y solo los criollos románticos se acuerdan de ese día. Así que este es un claro ejemplo de que tradiciones mucho más antiguas, duraderas en el tiempo, y sobre todo peruanas, han muerto. Soy de la idea de que todo se tiene que cultivar.
Puede existir la tierra, pero si no se trabaja, no produce. Puede existir un día de la canción criolla que si no se cultiva no producirá ese deseo masivo del público peruano para consumirlo. Es verdad que en las décadas siguientes a su promulgación (los 50 y los 60) la música criolla era un boom. Pero, ¿por qué? Las canciones se producían como pan, los músicos evolucionaron (porque el estilo de tocar de los 60 no era igual al de los 40), el sonido evolucionó. Las disqueras invertían en equipos más sofisticados acordes con la tecnología. Hasta la presentación del artista cambió. Pero de repente todo se estancó. ¿Será que el criollo se resistió a evolucionar? Comenzaron las quejas: “El estado no apoya”, “las radios no apoyan”. La música en el mundo se hizo una megaindustria.
Lo criollo se quedó en las peñas, en los centros musicales y en repetir canciones trilladas e impuestas por intérpretes de las décadas pasadas. Algo así como una canción del recuerdo. ¿Y qué ofrece Halloween? Te ofrece fantasía, color, fiesta, ilusión. Con la mano en el corazón, póngalos en una balanza y traten de responder esta pregunta: Como producto, ¿qué es más atractivo: Halloween o la canción criolla? La respuesta es personal. La mía la daré en mi siguiente columna.