Opinión
Rose Aguirre Gálvez
Periodista
El acoso no distingue edad, esfera socioeconómica ni territorio. El acoso está implantado a tal nivel en nuestra memoria histórico-cultural que se le confunde con “halagos” y “piropos”, haciéndonos creer que determinado grupo tiene el poder y el derecho de opinar sobre nuestros cuerpos y convertirlos en objetos.
El piropo es propio de una cultura machista, en la que el cuerpo de la mujer se torna en propiedad pública. “¡Pero qué guapa!”, te dice un desconocido; “¡Mamacita!”, escuchas al cruzar la calle; y como cereza del postre, comienzan a silbarte. Entonces, decides que lo mejor es cambiar de ruta.
El Decreto Legislativo N°1410 dice que el acosador es quien por cualquier medio vigila, persigue, hostiga, asedia o busca establecer contacto con una persona sin su consentimiento, de modo que pueda alterar el normal desarrollo de su vida cotidiana. Esto puede ser de forma reiterada o en una sola vez.
El acoso puede afectar tanto a hombres como a mujeres, pero en el Perú el porcentaje de mujeres acosadas es superior al de los hombres. Según el Estudio sobre acoso sexual callejero del Instituto de Opinión Pública de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 7 de cada 10 mujeres de entre 18 y 29 años sufren este tipo de acoso en el país; y en la capital, 9 de cada 10. ¡Pero nosotras, seguramente, estamos exagerando!
Que no te engañen: el acoso es violencia y se camufla en “piropos”, “halagos” y “frases poéticas”, todo ello excusas para tapar la evidencia de que hay seres con poder sobre otros. Y otras.
El Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (Mimp) indica que entre el 2002 y el 2016 el porcentaje de mujeres víctimas de violencia llegó a 88%; mientras que el de hombres alcanzó el 12%.
El acoso nunca es provocado por la víctima. No importa cómo ibas vestida ni qué hora era, ni si andabas sola o cuántos años tenías. Lamentablemente, se sigue preguntando por esos detalles cuando ocurre algún acto delictivo contra una mujer. Quizá cuando dejemos de preguntar aquello, dejaremos de justificar la violencia, en la que los hombres son los sujetos, y las mujeres, los objetos.
Y es que en el Perú, si naces mujer te arriesgas a ser objeto sexual, minimizada y desvalorizada, ama de casa, sueldos inferiores, puta o mojigata. Y si te violan, no esperes que te crean porque “seguro tú te lo buscaste”. Y si reaccionas de manera violenta, no serás juzgada de la misma manera; ¡no!, serás la loca, la trastornada. “¿Acaso no pedías igualdad de género, entonces de qué te quejas?” Y es que la violencia está en la base de todos estos sucesos, y el acoso, al volverse cotidiano, se normaliza ante los ojos de quienes en ello solo ven “halagos”.
El Perú debería encontrarse en una constante deconstrucción de sí mismo; allí está la clave para frenar la violencia y el maltrato a las poblaciones vulnerables. Mientras tanto, seguiremos luchando por una sociedad igualitaria.