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  • de abril de 2026

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FOTOGRAFIA
Música para camaleones

El primer Saxo

José VadilloVila

jvadillo@editoraperu.com.pe

Ahí sentado en medio del zaguán, como lo inmortalizó el fotógrafo Leoncio Mariscal, un día del último mes del 84, Julio Mori Castillo parece modelo para una edición peruana de “El Perseguidor”, el cuento más jazzeado y saxofonista del argentino con voz de gato tierno, Julio Cortázar. 

“Julio Mori, el mejor saxofonista del Perú”, lo elogiaban los titulares de esa época, ¿cuál? La de los años sesenta y setenta, tiempos de su reinado musical. Muestra eran todos los premios artísticos que colgaban en el segundo piso en La Victoria. Era hincha del Alianza Lima, devoto del Cristo Moreno y bohemio y socio de diferentes centros musicales criollos.

El éxito radicaba en esos pulmones con oxígeno extra, metal aurífero en estado gaseoso, que incluso –juraba– le permitieron competir con el histórico nadador cusqueño Daniel Carpio.

Carrera

Julio Mori tenía el saxo de oro. Y eso ya era una fiesta (para los oídos). Dio vida a un saxofón hecho a la medida del vals, la marinera, la polca. Mi saxo más criollo se llamó un elepé alegre, en que la modelo de minifalda fue una impactante Camucha Negrete. “Sobrino”, guapeaba en sus discos el músico, “vamos a cantarle una serenata a la familia”. Y en tiempos de tocadiscos familiares, quién no bailó su versión de “Aniversario”.

Como solista, Mori grabó en total 18 discos, algunos premiados con discos de oro, sonaron inclusive en Centroamérica y el norte del río Grande.

A ellos hay que sumar en los que puso su saxo a disposición de terceros. Álbumes con Eloisa Angulo, Fetiche, Jesús Vásquez y Bartola, entre otros. Su saxo fue determinante en el álbum debut de los hermanos Zañartu, Cuatro voces un estilo. Con Óscar Avilés grabó a dúo instrumental los elepés ¡Se sobraron! (1970) Trino y punteo, melodías en contrapunto, una muestra de los lozanos caminos que tomaba la música criolla en los años setenta.

También participó en los espacios de televisión El show de Edith Barr y el famosísimo Danzas y canciones del Perú.

Sus álbumes criollos hicieron bailar a generaciones de peruanos, porque 52 años estuvo el “tío” Mori al servicio del saxo. El instrumentista nacido en Mollendo fue buque insignia de los vientos en el Perú.

Inicios

A los 14 años ya dominaba el saxo, pasión que había heredado de su padre, un clarinetista de la Marina de Guerra (otros datos biográficos dicen que era músico del Cuerpo de Bomberos de Mollendo). Y a la misma institución también llegó el jovenzuelo mollendino a los 16 años para integrarse a la banda de músicos como solista de música clásica. Luego integró la orquesta de su hermano, Roberto Mori. En esa etapa conoció y aprendió del jazz, otro multiverso.

En 1941 empezó a viajar por América Latina Estados Unidos tocó en Nueva York, la ciudad de los rascacielos). Después se fogueó trabajando en cabarets y trasatlánticos. De vuelta a Lima fue director de la orquesta del grill Bolívar, luego de la orquesta de jazz del Country Club, en la que se encargó de un combo de músicos de Panamá, Costa rica, Cuba y Chile.

Últimas melodías

Aunque partió en 1988, dicen que empezó su caída dos años antes cuando le robaron su saxofón bañado en oro de 14 kilates, que se había mandado a hacer en uno de sus viajes a Estados Unidos (otros dicen que se lo regalaron unos admiradores de ese país).

El 88 fue un vía crucis para “el tío Mori”, entonces de 76 años. No fue noticia por sus méritos musicales, sino por las intervenciones y su postración en una cama del hospital Rebagliati. A inicios de año por una operación al páncreas, en que le detectaron cálculos en el hígado. Y en julio de nuevo volvió a los quirófanos. En octubre, fue internado de emergencia al sufrir un cuarto infarto cardíaco.

Mori, padre de varias hijas, era devoto del Señor de los Milagros. “Si muero, solo quiero que me entierren con el hábito del Señor de los Milagros”, había pedido a sus hijas. Ellas cumplieron en vestirle con la mortaja purpúrea. No pudieron velarlo en la Hermandad del Señor de los Milagros, a la cual perteneció durante 27 años.

El músico había crecido en las calles del Callao y fue enterrado en el Baquíjano. Desde ahí, él sigue tocando su saxo.