• LUNES 27
  • de abril de 2026

Opinión

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Primeros nombres de las limeñas

José Vargas Sifuentes

Periodista

El recuerdo viene a propósito de una documentada y entretenida crónica del historiador Juan Bromley, quien nos recuerda los nombres más frecuentes de las más remotas vecinas españolas que empezaron a establecerse en la naciente Ciudad de los Reyes hace más de 450 años.

Precisamente, fueron Ana, Inés, María, Isabel, Beatriz y Juana los primeros nombres femeninos más frecuentes, a los que sumarían otros que tuvieron su motivo y razón de ser, y que se esparcirían como reguero de pólvora con el paso de los siglos.

En primer lugar, debemos recordar que la primera ‘invasión’ femenina se produjo el 6 de enero de 1590 a la llegada del virrey García Hurtado de Mendoza y su esposa Teresa de Castro y de la Cueva (fundadora de Castrovirreina), quien llegó acompañada de 24 meninas, más sus 42 seguidoras jóvenes y un contingente de 500 mujeres, solteras en su gran mayoría, que causó enorme entusiasmo en todos los sectores masculinos. No era para menos.

La mayoría de ellas trajo por nombre Isabel y María, que fueron los más remotos y castizos. Isabel recordaba a Isabel de Castilla, la Reina Católica, a cuya inspiración se debió el descubrimiento de América; y María, el nombre más común por recordar a la madre de Jesús, y a Isabel de Portugal, la llamada reina santa y pacificadora; y a otra lusitana del mismo nombre, la amada del emperador Carlos V.

En el siglo XVI Lima se llenó a Marías e Isabeles; a las que se sumaron Anas y Beatrices, Luisas y Leonoras, Elviras y Catalinas; y algunas que recordaban al romancero español, entre ellas las Briandas y las Mencias, Aldonsas y Jordanas, que luego pasarían de moda; amén de las Gravias y Barbolas, que pertenecían a la “morería de criadas y favoritas” de la época.

El siglo XVII fue el reinado de las Rosas, empezando por Isabel Flores de Oliva, que ella misma trocó por su místico Rosa, nombre con el que subió a los altares y se extendió a todos los hogares limeños; seguida de las Josefas, común entre la fastuosa sociedad limeña, y su diminutivo Josefina; a las que se sumaron las Teresas, recordatorio de la santa de Ávila.

En el siglo siguiente incursionaron las Marianas, ligazón de María y Ana, seguidas de las Mariangolas, que personificaban las “fragancias y los rumores” de doña Mariana de Querejazu y Santiago Concha, esposa del acaudalado español Jacinto de Segurola.

Al promediar el siglo XIX proliferaron las Eugenias y las Victorias. Las primeras para recordar a Eugenia de Montijo, la noble y bella condesa andaluza, amante, en las buenas y en las malas, de Napoleón III; y las segundas, por la gran reina Victoria de Inglaterra, que extendió por todos los mares la grandeza de su imperio.

Llegado el siglo XX, en medio del cosmopolitismo patronímico nos llegó Olga, nombre de origen ruso, y poco a poco llegaron las Sonias, Norkas y Catalinas; a las que se sumarían las Elsas y las Irmas, Idas, y Elbas de las canciones nórdicas, las mitologías germanas y las leyendas helénicas.

Bromley se preguntaba –y nosotros también– qué hubiera ocurrido si los patronímicos hubiesen sido de reciprocidad obligada. ¿Habría mujeres escandinavas, damas germanas y niñas rusas llamándose Mamaocllo Bjerson (o Larsson), Chimpucusi Wágner (o Schweitzer) y Cusicoyllor Sakaroff (o Kuznetsov)?

Después, y quizás a falta de inspiración, nuestras abuelas recurrían al santoral para bautizar a sus crías con nombres como Purificación, Elizenda, Generosa, Prudencia, Hilaria, Fortunata, Benedicta, Virginia y un largo etcétera.

Con la llegada del cine, aparecieron inicialmente las Gladys y las Daysis, sin prestancia ni tradición entre los limeños; a las que sumarían, sin discriminación ni reflexión alguna, los nombres de las actrices de cuanta producción nos llegara de Hollywood, o de las cantantes de turno, jugaran o no con nuestros apellidos autóctonos.

Así, ya nadie se sorprendía, ni nos sorprende ahora, por la profusión de nombres como Vivian, Jacqueline (o Jackeline), Audrey, Heddy, Katty, Greta o Elizabeth u otros nombres. Los hay para todos los gustos y necesidades.

A propósito de todo esto, ¿qué nombre le pondrá usted a su próxima heredera?