Opinión
José Vargas Sifuentes
Periodista
Sayri Túpac, que se ciñó la mascaipacha en 1554, diez años después del asesinato de su padre, negociaría el abandono de su trono cuatro años después y se convertiría en súbdito español y en el primer inca que se casaría con su hermana en un rito católico celebrado en la Catedral del Cusco, con autorización papal.
Su increíble historia es narrada por varios cronistas, aunque con más detalles por Juan de Betanzos y el historiador José M. Valega, autor del título de esta crónica.
A la muerte de Atahualpa, y a fin de ‘tranquilizar’ a los indios, Pizarro nombró Sapa Inca a Manco Inca Yupanqui, uno de los 500 hijos de Huayna Cápac, quien al verse burlado y engañado por los españoles, inició la guerra de reconquista de su imperio, hasta que fue asesinado por siete almagristas a los que había cobijado en la ciudadela de Vilcabamba, centro de la resistencia inca.
El trono debió ser ocupado por su hijo Sayri Túpac, quien frisaba los 9 años, por lo que el reino fue regentado por su tío Atop Supa hasta que alcanzó la mayoría de edad y empezó a gobernar con su hermana Coya Cusi Huarcay, a quien tomó como coya.
Ambos siguieron refugiados en Vilcabamba resistiendo y rechazando férreamente el dominio español.
Para vencer su resistencia, el virrey Andrés Hurtado de Mendoza designó a Diego Hernández, marido de la princesa Beatriz de Guaylas, tía de Sayri Túpac, para que lo convenciera de abandonar su refugio, a cambio de perdonarlo y entregarle las encomiendas de Yucay, dos casas en el Cusco que pertenecieron a Huayna Cápac y las chacras de Jaquijahuana, que fueran de su padre, Manco Inca.
Siguiendo la ‘orden’ de sus huacas, Sayri Túpac accedió y en compañía de su hermana y un cortejo de 300 personas, entre curacas, capitanes y principales, abandonó Vilcabamba y viajó a Lima, a donde llegó el 5 de enero de 1558.
El virrey le adjudicó una renta de 20,000 pesos y le dio el título de adelantado mayor. Así, el inca se integró al virreinato como súbdito del rey de España. Los españoles estaban felices con la negociación: habían liquidado el estado rebelde de Vilcabamba... aparentemente. Y habían logrado la sumisión del inca.
Sayri Túpac, de 19 años, era joven y muy apuesto; y su hermana, de 17, hermosísima, según Garcilaso. Lo confirma el virrey, en carta dirigida al rey Felipe II, donde dice de él: “Es muy bonito y parece tener diferencia de los otros...”
A fines de 1558, ambos retornaron al Cusco, y fueron bautizados como Diego de Mendoza; y su hermana como María Manrique, nombres del padre y de la esposa del marqués de Cañete. Y expresaron su deseo de casarse.
Esa decisión conmocionó hasta sus cimientos a la iglesia que no concebía un matrimonio entre dos hermanos de padre y madre, y que además tenían una hija: Beatriz Clara Coya.
Gracias a la intervención del arzobispo Gerónimo de Loayza y a solicitud del virrey y del rey de España, el papa Julio III concedió una dispensa especial.
Así, el obispo de la Ciudad Imperial, Juan Solano, casó a la pareja real en la misma catedral cusqueña. Apadrinó la boda el español Alonso de Hinojosa.
La pareja se alojó en un castillo de Yucay, en el Valle Sagrado de Urubamba, pero despreciada por sus súbditos que le reprochaban su debilidad y mansedumbre, le negaron su afecto y fidelidad.
En su nueva posesión, el inca se sintió renegado, acicateado por el desprecio familiar; y comprendió el engaño de la nueva civilización que le garantizaba la vida, a cambio de su renuncia al imperio de sus ancestros.
Los cronistas lo describen como presa de amargo dolor, vagando triste y solo por sus dominios urubambinos, hasta que en julio o agosto de 1561 fue encontrado muerto, abrazado a la tierra, a orillas del río Abancay.
Algunos dicen que fue envenenado por el cacique del pueblo, Francisco Chilche, pero esto jamás fue demostrado.
Más de cierto es que no pudo resistir su arrepentimiento por haber cambiado el imperio por una encomienda; su reino por un plato de frejoles.
Su puesto fue asumido por su hermano, el también cronista Titu Cusi Yupanqui, a cuya muerte le sucedió su hermano Túpac Amaru I, quien reanudó la rebelión desde el valle de Vilcabamba. Para entonces, ya había llegado el sanguinario virrey Toledo. Los incas seguían resistiendo la invasión española.