Opinión
Las elecciones políticas son apenas una pequeña manifestación del sistema democrático. Luego de su celebración, se activan los mecanismos que aseguran la correcta conducción del Estado. Queda claro, entonces, que la base del orden democrático es la participación electoral, pero son las instituciones representativas las encargadas de profundizarlo mediante el diálogo, el debate público y la negociación.
En democracia, es menester recordar, la voluntad de los ciudadanos es expresada por los representantes que eligen periódicamente. En el ordenamiento constitucional no existe una figura que permita al pueblo ejercer el poder directamente. En ese contexto, es absolutamente imprescindible que los actores políticos y también los sociales construyan las condiciones para que sus propuestas y observaciones se expongan en un permanente diálogo público. Al final de cuenta, como bien decía el escritor italiano Massimo Bontempelli, el diálogo es colaboración.
La palabra y el debate se deben utilizar para acercar las diferencias, contribuir a construir consensos y generar respeto. De esta manera, otorgaríamos mayor legitimidad a las instituciones, las reformas y las políticas públicas serían permanentes, y las obras responderían a los intereses de la población.
Por ello, es sustancial que los agentes, sean electores o elegidos, participen en todos los escenarios de exposición de la palabra, y se esfuercen para no abandonarlos pese a las dificultades que pueden encontrar.
El peor camino es renunciar a la posibilidad de ejercer el derecho a ser escuchado para tomar la decisión de imponer la razón mediante el uso de la fuerza. Es el peor camino, remarcamos, porque al construirse la atmósfera adecuada para ventilar las diferencias se amplía la posibilidad de generar opiniones a favor.
Dada la complejidad y multiplicidad de los problemas del país, es imposible pensar que podremos resolverlos abandonando la posibilidad de debatir para optar por el bloqueo de carreteras y por otras manifestaciones violentas. La nación reclama, exige, marchar en la dirección correcta, amparados en los instrumentos que otorga la democracia.
Claro está que tampoco se debe caer en la posibilidad de convertir el diálogo en un monólogo, en el que solo una de las partes pretende imponer sus razones sin escuchar al que intenta actuar como interlocutor. Reclamar, exigir solo lo que yo quiero anula el ejercicio democrático de fortalecer el consenso.
Dialogar no es fácil, eso es consabido, pero es el instrumento al que debemos acudir los peruanos para construir institucionalidad. Bien dijo el papa Juan Pablo II que “el diálogo, basado en sólidas leyes morales, facilita la solución de los conflictos y favorece el respeto de la vida, de toda vida humana”.