Opinión
Luis Enrique Cam
Documentalista
Unos de ellos fue José Olaya Balandra, honrado y valiente pescador que trabajaba en el mar de Chorrillos. Un sencillo hombre con una virtud que lo hacía superior a muchos: la lealtad. Olaya sirvió de enlace entre los patriotas acantonados en el Real Felipe y los de Lima, ciudad que entonces se encontraba ocupada por las tropas realistas.
Olaya portaba los mensajes que le proporcionaba doña Juana Manrique para el general Antonio José de Sucre, quien se encontraba en el Callao. Con esta información, Sucre sabía los movimientos y planes del brigadier José Rodil en Lima. Utilizando el llamado “nuevo camino del Callao”, que unía el puerto con la capital, Olaya no levantaba sospecha con su modesta ropa, su canasta y malla de pescar.
Pero el astuto gobernador español intuía que alguien los vigilaba y montó una red de espías para pillar al enlace de los patriotas. Olaya fue descubierto por los esbirros de Rodil en la calle Acequia Alta (cuadra 5 de Caylloma) portando las cartas que lo comprometían y una escarapela bicolor. En el trayecto, el pescador patriota logró arrojar unas cartas comprometedoras a una acequia.
Olaya recibió, a cambio de su silencio, 200 golpes de palo y latigazos, le arrancaron las uñas, lo colgaron apretándole los pulgares con una llave de fusil. Cuando fue careado con otros patriotas, no dio la mínima señal de conocerlos. En el peor momento del suplicio, trajeron a su madre para que lo convenciera de que era inútil ser fiel a la causa de la independencia. Olaya permaneció incólume a su ideal. Estrechó su pecho a la cabeza de su madre y le pidió que, si le entregaban su cadáver, lo enterrara junto a su padre.
El interrogatorio final fue en la Casa de Pizarro, con Rodil, hombre que no conocía la palabra piedad. Esta fue la última feroz tentativa de arrancarle alguna declaración. Perdió varias veces el conocimiento, pero no delató a nadie. Antes de ser fusilado un funcionario le preguntó por su último deseo. Olaya alzó la mano, arrebató la escarapela que llevaba el verdugo, le propinó una sonora bofetada y respondió con lucidez: “Mi último deseo es que se me entierre con esta escarapela”.
Su última voluntad le fue concedida. Fue fusilado y degollado en el callejón de los Petateros, contiguo a la Plaza Mayor, hoy Pasaje Olaya. Sucedió en 1823, el 29 de junio, fiesta de San Pedro Apóstol.
Hoy, no se sabe dónde se depositaron sus restos. Olaya no sucumbió ante sus torturadores y dio el máximo ejemplo de lealtad y amor a la Patria. Por su fecunda labor en pro de la independencia, a mediados de 1960 fue designado patrono del arma de Comunicaciones del Ejército del Perú. Es, sin duda, uno de los peruanos del bicentenario.