• MIÉRCOLES 10
  • de junio de 2026

Central

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GRANDES PEQUEÑOS PRODUCTORES DE SAN MARTÍN

La revancha de Tocache

1 Edil cierra los ojos, inclina la cabeza y sonríe. Acabo de preguntarle cómo era todo antes de ser el rey del chocolate. Antes de ser el patrón de las siete hectáreas del cacao más fino que sale para Europa desde Tocache, la pequeña ciudad que Miki González visitaba para que los barones de la coca movieran las caderas con ‘Lola’, el hit ochentero que también hacía menearse a policías y militares.

Con la madurez que otorgan los años y curtido por las balas perdidas que esquivó, Edil Sandoval cuenta que antes todo era sangre y dólar. La mayoría de agricultores en Tocache, Uchiza y alrededores, en la región San Martín, sembraba coca para venderla a los capos y tenía otros cultivos para pasar piola.

Sin embargo, la carne siempre viene con hueso: el cheque venía con pesadillas, con fumigaciones aéreas multicolores que parecían el apocalipsis del que tanto hablaba el cura en la parroquia tocachina, mientras las avionetas de Vaticano [el narco Demetrio Chávez Peñaherrera] hacían de las suyas. Los químicos envenenaban cocales y, de pasadita, sancochaban hortalizas y platanales: mataba la tierra del agricultor que no le entraba al “bussiness”. Justos pagaban por pecadores.

“Me vine de Iquitos porque todos hablaban del boom de la coca en San Martín. Estuve buen tiempo hasta que me casé y mi suegro me convenció de buscar otro camino para dormir tranquilo”, recuerda.

El cacaotero sanmartinense comenzó con solo dos hectáreas de cacao injerto en 1991 y, 28 años después, tiene una plantación modelo de la variedad CCN51. Es un ejemplo que servirá como escuela para los campesinos que apostaron por la mazorca que hoy endulza al mercado italiano. Edil ha logrado una maravilla que despierta celos y le granjea halagos: 4,000 kilos por hectárea.

“Si manejamos técnicamente la planta, todo es rentable”, señala Edil, mientras sus colegas y alumnos, que han venido gracias al gobierno regional de San Martín para aprender sus técnicas y mañas, toman fotos de algo inusual: árboles con más de 30 frutos.

Y es rarísimo porque el promedio nacional es de apenas 15. Todos quieren ser como él para triplicar sus ingresos, mandar a sus hijos a la universidad y exportar cacao a Icam, el gigante chocolatero italiano que se ha rendido al sabor tocachino.

“La meta es que la producción por hectárea en la región pase de 945 a 3,000 kilogramos. Así pondremos más dinero en los bolsillos de la gente, venceremos la anemia y no necesitaremos tumbarnos más monte para sembríos”, sentencia Sandoval, que junto a sus amigos de la cooperativa CPCacao exporta 200 toneladas al año a Europa. Un negocio limpio y sin el miedo de que la DEA envenene sus chacras por puro antojo. Esta es la nueva “PBC”, el fenómeno económico que arrastra la pasta básica de cacao.

2 Wilmer Muñoz Ramos es “el señor”. Ahora todos lo miran con respeto y envidia contenida en el pujante distrito de Pólvora, provincia de Tocache. Se escapó del pueblo cuando este hacía honor a su nombre y la muerte sorprendía a pillos e inocentes en lugares insospechados, como bautizos y matrimonios.

Tiempos violentos que hoy son recordados con pena, pero también con nostalgia, sobre todo por los más mayorcitos que, a ritmo de bachata y polleras coloradas, ahogan sus recuerdos en aguardiente.

Ahora Wilmer es el señor de la palma. Estudió ingeniería de suelos y durante tres años se internó en el bosque para comprobar sus teorías. Su hipótesis era que la palma aceitera africana podía ser más productiva sin deforestar. Y la chuntó.

Hoy produce hasta 30 toneladas por hectárea de palma aceitera y cada planta le produce hasta 18 racimos de fruto, todo un récord, pues el promedio regional es solo de ocho. ¿Su secreto? Simple: apeló a la naturaleza. Donde antes era un cocal hoy se levanta un bosque con diversas especies que rodean su plantación de palma. Ha generado un microclima, una microfauna y retiene humedad en lo que antes eran suelos oficialmente declarados muertos.

“Hemos creado un nicho ecológico. Con el microclima tenemos amigos naturales como las avispas, que controlan las plagas y ya no necesitamos químicos. Este entorno natural es revolucionario y ya nadie podrá decir que la palma mata suelos o es deforestadora”, remata Wilmer.

El señor ha demostrado lo que dijo hace unos años. Los suelos se recuperaron, las palmeras están preñadas con 18 racimos, la producción se ha disparado y se ha generado una utilidad nunca antes vista con exportaciones a ultramar. Lo principal es haber eliminado la maldita necesidad de talar árboles para ampliar la frontera agrícola. Un gran mérito que nadie pasa por alto.

Tanto así que será piloto en diversas instituciones palmeras de San Martín, que antes deforestaban a velocidad crucero un tacómetro, que en esta región marca 13,000 hectáreas de bosque perdidos al año. Una tragedia que parece llegar a su fin en esta provincia.

Esta revolución productiva se extenderá a los demás palmicultores con el apoyo de la autoridad regional para frenar el desmadre térmico. Una praxis que deberán articular las dos grandes empresas palmeras de la región: Palmas del Espino, del grupo Romero, y Olpesa, la cooperativa de agricultores con corazón y coraje. Es la tarea pendiente.

3 Elmer Vásquez era un incrédulo más. Por eso, cuando le dijeron que cambie sus cultivos tradicionales por limón Tahití, miró con desgano la iniciativa y hasta con cierta acidez.

Sin embargo, le insistieron tanto sobre el futuro de este cultivo que decidió echar suerte en unos terrenos que tenía en el distrito de Buenos Aires (provincia de Picota, San Martín). Y sucedió el milagro.

Elmer no sabe si es el clima, la tierra fértil o quizá el manejo inteligente que aplicó al cultivo, pero lo cierto es que sus limones son esferas perfectas. Verdes como no pueden los del norte, que con tanto sol terminan decolorándose al tiro.

Los limones Tahití pueden durar hasta 30 días con ese color perfecto que tanto les gusta a los gringos, tanto que de la producción mensual de 40 toneladas, el 90% va a Estados Unidos, Inglaterra, Brasil y Chile. Solo la resma llega al mercado nacional.

“Este fruto es generoso. Cada 14 días se cosecha y en solo cinco años me ha cambiado la vida. Ahora exporto y mi vida es más dulce”, cuenta Elmer en medio de su chacra ordenada. Y es que en Casablanca, su fundo de 40 hectáreas, todas las plantas mantienen la misma distancia y tienen el mismo look. Los diez trabajadores también celebran esta reconversión en una provincia que solo sabía de naranjales.

Es el otro lado de la historia: ante la caída del precio de la naranja, el gobierno regional decidió optar por la diversificación y apoyar a sus agricultores para evitar la pérdida de bosques y que la pobreza los tome de rehenes.

Elmer es un ejemplo. Es uno de los 45 agricultores que tienen 71.5 hectáreas instaladas de limón Tahití. Se ha convertido en una suerte de sensei del grupo. Junto a cuatro técnicos del gobierno regional, recorre los fundos compartiendo su conocimiento, corrigiendo errores y domesticando prejuicios chúcaros.

Un negocio redondo que en cuatro años deberá alcanzar las 600 hectáreas y que dejará 18,000 soles por hectárea en el bolsillo de cada agricultor. Un cultivo que fue mirado con desdén al inicio, pero al que ahora todos quieren (o intentan) sacarle el jugo. (Martín Vargas Barrera)

Datos

90%  de limones tahití de san martín se exporta.