Opinión
Julio Panduro Chamorro
Periodista y politólogo
El fuego cruzado entre ambas naciones fue graneado en abril pasado. El primero en lanzar acusaciones fue el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, quien tildó a China de “hipócrita” por exhortar a la no intervención en los asuntos de Venezuela. La réplica asiática no se hizo esperar y vino del portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Lu Kang, al responder que durante mucho tiempo el gobierno estadounidense ha tratado a América Latina como “su patio trasero”.
Es cierto que la influencia de Washington ha sido constante en los países latinoamericanos, de tal manera que la política externa que ha mantenido con el Caribe, América Central y América del Sur se ajustaba de acuerdo con el devenir gubernamental de esas naciones, a través del poder duro que caracterizó el accionar de Washington bajo la llamada doctrina Monroe. Conforme se sucedían los inquilinos de la Casa Blanca, el influjo variaba en menor o mayor medida, el cual tuvo un brusco viraje con los atentados del 11 de setiembre.
A partir de tan infausta fecha, Washington puso su máxima prioridad y absoluta atención en Oriente Próximo para librar lo que denominó su “guerra contra el terrorismo”, dejando a América Latina en un lugar expectante, situación que se mantuvo con algunas pequeñas variantes en años recientes, hasta que Donald Trump asumió la presidencia y la relación con el subcontinente del sur se enfrió por diversos factores, como su ausencia en la última Cumbre de las Américas o las desafortunadas expresiones que tuvo con países como México.
Frente a este escenario, el ascendiente chino sobre América Latina creció rápidamente al ocupar el vacío que Washington iba dejando. A diferencia de Estados Unidos, China ha utilizado el poder blando representado por su discurso diplomático sobre las ventajas del beneficio y la reciprocidad mutua, lo que le ha generado beneficios como el rompimiento de relaciones diplomáticas de algunas naciones latinoamericanas con Taiwán, la isla que China continental desea recuperar desde hace décadas.
Por su parte, América Latina se ha favorecido con préstamos chinos de 150,000 millones de dólares desde 2005, y países como Argentina, Brasil y Perú ya tienen a China como su principal socio comercial. En realidad, hablamos de una serie de beneficios mucho mayor que puede crecer aún más si prosigue esta guerra no tan fría.