Opinión
José Luis Vargas SIfuentes
Periodista
Contrariamente a los romances que tuvieron varios altos jefes militares durante la guerra por la independencia americana, al general José de San Martín solo se le llegó a conocer un prolongado ‘flirt’ con una guayaquileña, pese a estar casado con María de los Remedios Escalada.
Se trataba de Rosa Campusano Cornejo, a quien Ricardo Palma recuerda como la Protectora en una de sus tradiciones, y el historiador José M. Valega cita en la novela histórica Los amores de San Martín, publicada en la edición especial de la revista Mundial con motivo del primer centenario de nuestra independencia.
Ella fue una espía patriota afiliada a la causa libertadora, a la que San Martín conoció la noche del sábado 28 de julio de 1821, en la fiesta que organizó el Cabildo de Lima en los salones del Ayuntamiento en su honor y de la proclamación de la independencia. Ella tenía 25 años, y él, 43.
Nacida en Guayaquil el 13 de abril de 1796, recibió ese apodo por ser amante de San Martín, nombrado –el 3 de agosto de 1821– Protector del Perú.
Rosa Campusano era hija natural de Francisco Herrera Campusano y Gutiérrez, un rico productor de cacao, quien la había concebido con la mulata Felipa Cornejo y la reconoció por testamento, antes de morir.
Ella es descrita por los historiadores como una bella mujer de tez blanca, vivaz, inteligente e instruida. Llegó a Lima en 1817, a los 21 años, como amante de un español acaudalado y pronto se relacionó con la sociedad limeña.
Estableció contacto con San Martín mediante cartas que ella le enviaba desde que él desembarcó en Paracas con la Expedición Libertadora, en septiembre de 1820.
Rosa se hizo amante del general realista Domingo Tristán, quien recibía la visita de José de La Mar y del virrey La Serna, que hablaban en su presencia sobre los planes combativos de los realistas, lo que ella anotaba y retransmitía al militar argentino.
Al mismo tiempo, organizaba tertulias en su lujosa mansión de la calle San Marcelo, en las cuales participaban destacados personajes de la alta sociedad limeña, partidarios de la revolución, entre ellos Manuela Sáenz, amante de Simón Bolívar, con quien estableció una gran amistad y complicidad en las tareas conspiradoras.
Ambas mujeres se convirtieron en las espías patriotas más audaces. Se vestían como tapadas y recorrían calles, plazas y mercados de la ciudad repartiendo propaganda independentista, que en las noches era pegada en las paredes.
Fue Rosa quien influyó en el comandante realista Tomás de Heres para que él y sus 900 soldados del batallón Numancia se pasaran a las filas patriotas acantonadas en Huaura.
Por sus actividades clandestinas y subversivas fue detenida por unos días, al igual que había sido detenida en 1818 tras ser denunciada ante la Inquisición por tener libros prohibidos. Sus amistades e influencias lograron liberarla.
Entre los invitados a la fiesta de celebración referida se encontraba la joven, cuya belleza impresionó al militar argentino, que no dudó en acercársele y entablarle conversación.
Al día siguiente, domingo 29 de julio, San Martín devolvió la atención con otro baile en los salones del Palacio de los Virreyes y volvió a verla. El travieso Cupido se encargaría del resto.
Testimonios de la época coinciden que el Protector se dedicó a ella y que vivieron juntos en una quinta de La Magdalena (hoy Pueblo Libre), en el mismo solar donde funciona el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, desde la cual solía atender el despacho diario.
Aunque San Martín evitaba dar motivo de escándalo por aventuras mujeriegas y ser visto en público con su querida, para la comadrería limeña nada había oculto bajo el sol, algo debió traslucirse y la heroína fue bautizada como la Protectora.
Cuando el Protector incluyó a Campusano entre las 112 mujeres condecoradas con la Orden del Sol, la sociedad tradicional limeña lo consideró una afrenta.
El 14 de julio de 1822, San Martín viajó Guayaquil para reunirse con Bolívar el 26 y pedirle su apoyo para enfrentar la difícil situación que vivía el Perú. Sería la última vez que ella lo vería. A su regreso, decepcionado por el ansia de poder del venezolano, el 20 de septiembre de 1822, el Protector retornó a Buenos Aires. Ni siquiera se despidió de su amada.
Diez años después, Rosa se relacionó con el comerciante alemán Juan Weniger, dueño de dos valiosos almacenes de calzado en la calle Plateros de San Agustín, con quien tuvo un hijo, bautizado Alejandro Weniger Campusano, al que, sin embargo, no crio porque se lo arrebató el padre cuando ambos se separaron.
En un acto de mezquindad, el Congreso anuló la Orden del Sol que le había conferido San Martín y le concedió una modesta pensión para aliviar la mísera situación por la que atravesaba.
En su testamento la Protectora declaró estar casada con Juan Adolfo Gravert, quien también la abandonó y se marchó a Europa.
Rosa murió casi en la indigencia en 1851, a los 55 años, y fue sepultada en la iglesia de San Juan Bautista de Lima.