• VIERNES 3
  • de abril de 2026

Opinión

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Historia

Un virrey de vida muelle

José Luis Vargas Sifuentes

Periodista

Diego López de Zúñiga y Velasco fue el cuarto virrey que llegó a estos reinos  y asumió el mando desde fines de marzo de 1561 hasta la madrugada del 20 de febrero de 1564, en que tuvo el trágico fin que hacía prever su vida desarreglada y sus devaneos donjuanescos.

Más conocido por su título nobiliario de conde de la Nieva y señor de las villas de Arnedo, Cerezos y Arenzanas, de su paso por el Palacio de los Virreyes solo se conoce la creación de un hospital para leprosos, promovida por el limeño Antón Sánchez, y la fundación de las ciudades de Ica, Saña y Chancay.

Se le recuerda más por la vida disipada que llevaba, las fiestas escandalosas que organizaba con la participación de personajes de vida alegre y las resoluciones con que concedía mercedes a cuestionados personajes, haciendo gala de su “erotismo enfermizo, su vanidad ilimitada y su mediocridad mental”, según el historiador José M. Valega.

Como consta en dos de los documentos asentados en las Cajas reales y citados por Jiménez de la Espada en sus Relaciones de Indias, el virrey dictó estas disposiciones: “A doña Julia de Salduendo, que es tan verde como un alcacer florido, trescientos pesos de renta cada año, por una vida [50 años]”; y otro: “A doña Leonor de Ovando, que vive en la ciudad de los Reyes, i tiene una hija de buen donaire, i ambas son bien verdosas i gente menuda, trescientos pesos por una vida”.

“Hombre de vida desbaratada” y “más cortesano que hombre de gobierno”, a decir de Rubén Vargas Ugarte, y “más dedicado a fiestas y galanteos”, como lo recuerda Ricardo Palma, en sus tres años de gobierno se dedicó a cortejar a damas principales, entre ellas a su prima, Catalina López de Zúñiga, esposa de Rodrigo de Manrique de Lara, que lo llevaría a su polémico final.

De acuerdo con los historiadores, a la medianoche del 19 de febrero de 1564 el conde de la Nieva descendía embozado, con ayuda de una escala de cuerda, de un balcón situado en el ángulo que formaban las calles Trapitos (cuadra 2 de Abancay) y de la Inquisición (hoy Plaza Bolívar). Cuando le faltaban pocos peldaños para llegar a tierra, la escala se desprendió del balcón y el galán cayó al suelo. De inmediato cinco desconocidos descargaron sobre él costalazos de arena, al tiempo que le gritaban: “¡Ladrón de honras!”

Los criados del marqués de Zárate, que habitaba la casa fronteriza, despertaron a los gritos de agresores y víctima, y salieron a brindarle auxilio a esta, pero al llegar solo encontraron un cuerpo inerte.

Pronto circuló la versión que esa había sido la venganza del esposo ofendido.

El cuerpo del virrey fue llevado a palacio donde moriría horas después. La Real Audiencia procuró hacer creer al pueblo que había fallecido repentinamente en su cama, a consecuencia de un ataque de apoplejía.

La Audiencia siguió muy en secreto la causa para castigar al asesino, pero como estaban comprometidos altos personajes, tomó el prudente partido de echar tierra sobre el proceso y evitar así mayor escándalo.

Llegada la noticia a España, el rey Felipe II envió al licenciado Lope García de Castro con el título de presidente de la Audiencia y el especial encargo de abrir proceso a los presuntos asesinos.

Pero al arribo del licenciado a Lima, el 22 de setiembre de 1564, había muerto don Rodrigo de Manrique, principal acusado; cuatro de sus parientes y supuestos cómplices eran ricos y de gran significación social; y la viuda, joven y bella, era de la rancia nobleza de Castilla, como prima segunda de su supuesto amante. Para no ofender la memoria del difunto y la honra de personajes poderosos, el caso fue cerrado.

Sin embargo, esta versión ha sido cuestionada por otros historiadores que recuerdan que el conde de la Nieva había nacido en Burgos en 1500 y al morir en 1564 tenía una edad en la cual es dudoso tener las suficientes condiciones físicas como para andar imitando a Romeo en busca de su Julieta.

Además, la descripción de los síntomas permite suponer razonablemente que se trató de un ataque cerebrovascular hemorrágico lo que fulminó al virrey y lo convirtió en el primer paciente documentado de enfermedad cerebrovascular en la historia de la medicina peruana.

Por último, según Antonio del Busto, el posible ‘cornudo’ y su adúltera esposa no se encontraban en el Perú en esa fecha.

No obstante lo dicho, el conde de la Nieva fue sepultado con gran pompa en la Iglesia de San Francisco de Lima. Dos años después, a pedido de su hijo, Juan de Velasco, sus restos fueron enviados a San Juan de la Estrella en España. QEPD.