Entrar en los andes de La Libertad es lo que quiero hacer esta mañana. Subo a una van y me despido de la costa y de Trujillo (capital liberteña) al ritmo de la cumbia de Aguamarina. Me interno por prolongados campos de caña interrumpidos por breves poblados. Una cordillera menor se deja ver a la izquierda. Me esperan las alturas de Huamachuco.
No tardan en aparecer, enormes y bellas, ariscas primero y luego más imponentes, las quebradas montañosas. Este es el momento en que el conductor comienza a adelantar, en plena curva, a los camiones de transporte, que en esta carretera no son muy grandes pero sí bastante lentos.
La música sigue sonando. Canción tras canción, todas hablan del olvido de un amor, de un adiós definitivo. Donde estarás palomita, Tu traición se acabó. Cómo haré para olvidarte, Así es el amor.
No me gusta el color del río Moche. Tiene un amarillo no natural que me cuenta de la intervención humana. Algunos bosques de eucaliptos se dejan ver antes de llegar a una meseta de ichus. Hemos subido casi 4,000 metros cuando llegamos a Quiruvilca, el punto más alto de la carretera, para luego descender unos 800 metros hacia Huamachuco.
Plaza de sombreros
Quema la tarde en la plaza de Huamachuco. Me siento frente a un árbol corpulento que extiende su sombra, levemente, sobre mi rostro. Da la impresión de que quisiera contar historias.
Quizá quiere decirme que los abuelos y abuelas de la gente que hoy camina entre las esculturas arbóreas que adornan la plaza batallaron hasta la muerte para defender la dignidad durante la Guerra del Pacífico. O tal vez solo quiere hablarme sobre las vidas anchas y ajenas que Ciro Alegría, quien nació muy cerca de aquí, relató en sus novelas.
–¿Ya conoce Agua de los Pajaritos?–, nos interrumpe una voz suave. Una señora ataviada con uno de los numerosos sombreros de palma que he visto en esta ciudad me dice que a pocas calles existe un ojo de agua que ahora sirve de fuente pública llamada Agua de los Pajaritos.
Mientras camino a la fuente, la curiosidad me desborda y me entero de que estos elegantes sombreros se tejen en Huamachuco, pero nadie tiene certeza de dónde se consigue la palma. “Debe ser de Ecuador”, me dice uno de los jardineros que perfecciona los ya perfectos cipreses tallados en esta enorme plaza rectangular.
“Yo solo sé que la compran en Trujillo”, me comenta Margarita, una jovencita que está sentada cerca del bebedero ornamental de Agua de los Pajaritos. Ella me asegura que si bebo esa agua me quedaré en Huamachuco o volveré muchas veces a esta ciudad. Es lo que quiero, le respondo entre risas.
Margarita lleva puesto un sombrero de 800 soles, “uno de los más baratos”, me hace la precisión.
Laguna de Sausacocha
Hay tradiciones que son costosas, pienso, mientras me dirijo unos minutos hacia el norte para visitar la laguna de Sausacocha. “Un buen sombrero de palma podría costar 3,500 soles, pero duran toda la vida”, me dice Natalia quien va, en el mismo auto, hacia Cajabamba.
Solo 10 kilómetros me separan de la laguna, así que en pocos minutos diviso sus reflejos azules y sus orillas pacíficas. Es inmensa. El auto la recorre casi por completo antes de dejarme cerca de un muelle y unos restaurantes turísticos. “Este es el lugar más visitado”, me comenta el chofer, antes de seguir camino hacia la región Cajamarca.
Sus aguas no son profundas, pero sí muy heladas y desde cualquier orilla se pueden observar los criaderos de truchas. No hay mucha gente. Ya Natalia me había contado que son los fines de semana los que concentran mayormente a los turistas y a los amantes de los deportes acuáticos.
Me quedo a mirar el atardecer en la laguna. Hay pocos visitantes, es cierto; sin embargo, los restaurantes siguen ofreciendo aromáticos platos de trucha, patasca o picante de cuy. Saben de aquellas pausas gastronómicas que surgen espontáneas en las carreteras andinas. Saben que en el Perú comer es más importante que llegar a tiempo.
Mientras me despido del sol, repaso los lugares recorridos, aquella vistosa plaza de Armas, considerada una de las más grandes en el Perú; la fuente con el agua de manantial, muy curativa según los lugareños; y esta laguna de atardecer prodigioso.
Mañana me esperan las centenarias paredes de Marcahuamachuco, esa joya de La Libertad que me trajo hasta estos parajes y que me contará mucho más de este gran pueblo de sombreros elegantes y de tantas historias que hasta los árboles querrán contar.
Y aunque toda fecha es buena para hacer una visita a este gran destino, la mejor podría ser en agosto, ya que durante todo el mes celebran su aniversario y la fiesta patronal dedicada a la Virgen de Alta Gracia. Otras fechas importantes son el 1 de enero y el 1 de mayo.
Qué más conocer
Un lugar que no debe dejar de visitar es el sitio arqueológico de Marcahuamachuco, importante ciudadela de la etapa preínca.
Además de la laguna de Sausacocha, visite la laguna de Collasgón, los baños termales de Yanasara y El Edén; las pinturas rupestres de Quilca o las de Chinacpampa, así como el tambo de Wiracochapampa, muy cerca de la ciudad.
Desde Huamachuco puede visitar Cajabamba (2-3 horas al norte) y Santiago de Chuco, la tierra de César Vallejo (5 horas).
De Lima hay ómnibus directos, pero si va de Trujillo, debe ir al paradero Pumacahua. El viaje a Huamachuco cuesta de 20 a 30 soles.