• MARTES 14
  • de abril de 2026

País

FOTOGRAFIA
SU ASCENSO Y LA VISTA QUE GARANTIZA SON UN GRAN ATRACTIVO TURÍSTICO

Cerro San Cristóbal, el mirador natural de Lima


Los 400 metros de elevación del cerro San Cristóbal son suficientes para ver con nitidez, en días de sol, la imponente silueta de la isla San Lorenzo, en el océano Pacífico, y las peculiaridades arquitectónicas con que se han ido formando los barrios de Lima alrededor de él.

Esta mañana, sin embargo, una densa neblina cubre mi ciudad natal. Estoy sentado en uno de los muros que contornean la cima de este gran mirador. La bruma no me deja ver a lo lejos, pero ello me obliga a concentrarme en la morfología del cerro y en su historia.

Mientras espero al resto del grupo que me acompaña, pienso, por ejemplo, en las primeras civilizaciones de Lima. Es probable que los ingenieros precolombinos hayan trazado desde aquí los canales de regadío que convirtieron este valle desértico en una pradera verde y productiva.
El lienzo blanco que cubre la urbe me ayuda a dibujar imaginariamente las huacas y los campos de cultivo que por ese entonces ofrecían un paisaje muy distinto al actual.

Ascensos cromáticos

Miro hacia abajo, hacia las faldas pobladas de esta montaña milenaria. Hace apenas unos minutos estuve a los pies de esos barrios estigmatizados por su pobreza. “Subir es peligroso”, me dicen siempre los que viven lejos, no obstante, lo único que encuentro cada vez que subo es la gentileza de sus habitantes, y, ahora también, mucho color. Hay varias subidas al cerro San Cristóbal. El camino que hoy hemos tomado es la policromática Ruta de los Mil Escalones, sendero lleno de coloridos murales que va guiando a los visitantes hacia la cumbre, y, de paso, creando identidad en las personas que viven alrededor.

La idea fue de Carla y Daniel (Color Energía), una pareja de artistas que vive en el San Cristóbal. Ellos lograron que otros artistas y la propia población se unieran a la causa de darle color a un paisaje siempre gris.



Un cerro con historia

El camino comienza en el Rímac, a pocos metros del Paseo de Aguas. Aunque desde ese lugar el apu limeño se vea imponente, es cuestión de minutos llegar a la cruz de 20 metros, que corona su cúspide. Precisamente, estoy al lado de esa gigantesca cruz de fierro que aún no existía cuando Ricardo Palma escribió “Un cerro que tiene historia”.

En ese artículo, el escritor peruano describe al San Cristóbal como un “cerrillo de forma cónica” que en el invierno tenía “pintoresca perspectiva, pues toda su superficie se cubría de flores y gramalote que aprovechaba el ganado vacuno”. En ese texto también se menciona el sitio de Lima de 1536, episodio que le dio el nombre al cerro y que otros historiadores han alimentado
con nuevas investigaciones. Vuelvo a mirar las casas aglomeradas en las faldas y trato de adivinar dónde fue que acamparon los miles de nativos que llegaron ese año para evitar la consolidación de la invasión española.



Sincretismo religioso

No concibo imaginar las cuantiosas muertes que causó ese enfrentamiento, ni cómo es que el embravecido caudal del río Rímac –que esta mañana luce apacible– se llevó otros cientos de vidas andinas cada vez que intentaban cruzarlo para defender el incanato. Pero así es la historia, y ese “milagro” fue atribuido a San Cristóbal.

La cruz en la cumbre es, finalmente, la imposición que trajo el virreinato de colocar a la religión cristiana por encima de las creencias locales que hasta hoy se mantienen sin y con sincretismo. A pocos metros de la cruz puedo divisar la zona donde muchas personas realizan (usanza andina) sus pagos y oraciones. Me emociona que una sabiduría tan antigua (como es el respeto a la naturaleza) vuelva a ponerse de manifiesto en las nuevas generaciones y en todo el planeta.



Deportes de aventura

El grupo que me acompaña ya está completo. Justo a tiempo para aprovechar los breves y traviesos rayos solares que se han colado entre las nubes para dejarnos apreciar más detalles de Lima. Allí asoman más claramente el coloso de Acho, el elegante Presbítero Maestro, el recatado Centro Cívico, el serpentino cauce del Hablador.

Estamos listos para caminar hacia unas colinas cercanas y practicar escalada sobre roca con la ayuda del colectivo Lomeros de Villa. Algunos hablan de volver en verano para practicar parapente. Otros quieren hacer la caminata con sus familiares ahora que han comprobado que subir no es complicado ni inseguro. 

Esto es caminar hacia la cúspide del San Cristóbal, conversar con su cultura (ahora multicolor), mirar –a través de sus ojos– la arquitectura de Lima, y dialogar con las huellas históricas de esta ciudad milenaria.



La cima es el límite

* Se puede subir al cerro San Cristóbal cualquier día del año. La cima siempre nos guarda una experiencia distinta para disfrutar.

* Sin embargo, recomendamos ascender alguna vez durante la Fiesta de las Cruces, cada primer domingo de mayo, y durante la celebración de la Semana Santa. En esta última fecha, se representa teatralmente el Vía Crucis que sube hasta la cima del cerro.

*Quien visite el cerro San Cristóbal también podrá acceder al museo, en el que se ofrece una importante colección de fotografías de la antigua ciudad de Lima, sus costumbres, su gente y sus tradiciones. El acceso al museo resulta bastante económico: tan solo 1 sol para los adultos. La entrada es libre para los niños. Puede ser visitado desde las 8:00 horas hasta las 15:30 horas.


Cómo llegar

*Para ascender al cerro San Cristóbal hay que llegar al Paseo de Aguas, en el Rímac. A pocos metros (en dirección al cerro), se hallan los primeros peldaños de la Ruta de los Mil Escalones.

*Es difícil perderse ya que los murales sirven de guías. También hay una subida en San Juan de Lurigancho, cerca de la estación Caja de Agua.