• DOMINGO 5
  • de abril de 2026

Cultural

FOTOGRAFIA

Arte y reciclaje de Mía Morena


Texto Luis F. Palomino

Desde unos meses atrás, mi madre acumula recipientes de plástico en un área del departamento destinada a la basura. Al inicio pensé que planeaba venderlos por peso, pero hace poco sorprendió a todos: las botellas las había convertido en coloridos portalápices, la galonera de yogur en maceteros de gatitos y los baldes de aceite en acolchonados asientos. Trabajo similar, menos utilitario, más artístico, realiza Mia Morena.

Su historia comienza en las playas de Barranco, donde Mia –este no es su verdadero nombre– encontró en la arena algo que llamaba su atención. ¿No era esa la cabecita de una gaviota? Se acercó, recogió el pedazo de madera desgastado por tanto vaivén marino –lo esencial es invisible a los ojos, dicen– y lo llevó a casa. En los días siguientes, como veterinaria en sala quirúrgica, unió piezas disímiles y resucitó al ave. 

“Es como un vicio. Poco a poco te involucras en el tema, ya nada quieres botar”, confiesa Morena, quien, con las pupilas expandidas, anda por el mundo en busca de partes que le servirán como cabezas, brazos, pestañas, alas, etcétera. “Cuando voy a Tacora me vuelvo loca. A todo le veo algo bonito, a todo le extraigo su máximo potencial, así sea el tornillo más pequeñito, yo digo esto me va a servir para…”, revela Mia, con una sonrisa. 

Aunque acude con regularidad a las chatarrerías, no ha dejado de pasear por la playa, que siempre la sorprende, como esa tarde en que encontró una cacha de rifle, que ya ha convertido en el hábito de un fraile. “Sacar belleza de este caos es virtud”, decía el inolvidable Gustavo Cerati.

Reciclaje

En K-Lata, exposición de Mia Morena que estará hasta el 12 de noviembre en el Centro Cultural Amaru de Barranco, destacan la chapa dorada de una puerta –el cuerpo de un vigilante– y las letritas de una máquina de escribir –las ramas de un árbol–, precisamente por su carácter conceptual: la función protectora de las cerraduras y la relación entre los árboles y el papel.

“Yo me pienso como una intermediaria entre las piezas. Hasta que no sienta que se han conectado bien, no dejo de darles vuelta y vuelta. Cuando coges experiencia, el armado se hace más fácil”, dice Mia, y responde sobre la criatura que más tiempo le tomó: “Se llama La Avizcaíta, es una mezcla de abeja y avispa. Me hizo sufrir, fueron como dos semanas, pero ella quedó contenta, yo quedé contenta. La miré y dije: ‘¡Ah!, qué linda Avizcaíta. Luego me dije ‘¿Avizcaíta?, ¿por qué Avizcaíta’. Bueno, quedó con ese nombre. ¡Las mismas cosas buscan esa segunda vida! En algún momento alguien las tiró, pero ese no fue su final”, dice Mia, atada sentimentalmente con la materia, a diferencia de sus compatriotas.

Cada veinticuatro horas, el Perú produce tres estadios llenos de desperdicios. Algunas avenidas de Lima parecen basurales. Los encargados de llevársela alzarían menos bolsas negras si hubiera en la capital más gente como Mia. Imaginativa al igual que el Principito –que vio una boa digiriendo a un elefante donde la mayoría veía solo un sombrero–, ella puede hacer un caracol de la pata ondulada de una silla.
¡Incluso se ha reciclado a sí misma! Antes de montar un taller en el segundo piso de su casa, Morena decoraba habitaciones para niños, trabajo que dejó de gustarle, dice, porque recibía muchas órdenes, era muy “parametrado”. Con sus esculturas, hoy se siente libre y feliz. Y, por si fuera poco, ya incursiona en el dibujo y la pintura: hace collages con bolsas, redecillas que contuvieron frutas y periódicos de los años cincuenta.

“Cada pieza que ves aquí, para mí, es como un hijo. Hasta pena me da dejarlos en la galería”, confiesa.

La edad del plástico, de inconscientes hábitos de consumo que están dejando sin empleo a los técnicos de electrodomésticos –el ahora clásico “para qué lo voy a arreglar si más barato me sale comprar uno nuevo”–, deja en evidencia a los humanos como los seres vivos más contaminantes del planeta. Por eso, en las estaciones de trenes han aparecido carteles que nos recuerdan que “No hay nada suficientemente viejo o estropeado que no se pueda reparar o usar para otro fin. Reciclar no es una obligación, es tu responsabilidad”.

Una forma lúdica de cuidar a nuestra Pachamama es, sin duda, continuando la línea de pensamiento de esta artista que con ternura les he regalado segundas oportunidades a los desechos y de paso –y tal vez este es el mensaje más importante– a la vida. Hagámoslo ya o la naturaleza del futuro estará compuesta solo de alambres y tuercas. Habiendo reciclado a tantos políticos, no deja de ser curioso que seamos reacios a dar una chancecita adicional a cosas que sí nos serían provechosas. ¡Hagámoslo ya!