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  • de marzo de 2026

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Tord: universo desconocido

1. El Hotel B existe y es limeño. La mesa con número cabalístico –13–, es cuadrada y da al jirón arboleado. Era su favorita. Ahí, y con los autos susurrando su esmog, Luis Enrique Tord (1942-2017) escribió a mano sus últimas novelas, Diana, verano del 53 y Pasiones del Nortek, en cuadernos empastados Minerva. Una placa recuerda el paso del escritor, político e historiador por el hotel.

El periodista César Becerra se dio la tarea de investigar y escribir la primera biografía del escritor de los ojos azules. Sumergirse en los cuadernos de trabajo, las memorias, le tomó alrededor de siete meses.

En Intuiciones. Testimonios e imágenes para descubrir a Luis Enrique Tord (Lima, Fundación Luis Enrique Tord, 2019) también se incluyen 39 testimonios que permiten reconstruir diversos aspectos de su vida. Porque la vida de un hombre también es un poliedro en el que lo que somos pasa por el prisma de cómo nos miran y nos recuerdan otros.

2. El escritor cultivaba la amistad con ahínco. Fue amigo de los poetas Javier Heraud y Luis Hernández. Y Javier Sologuren editó su primer poemario, que escribió a los 20 años.

El año pasado, los amigos de Tord crearon la fundación que lleva su nombre, con el fin de difundir su obra porque consideran que no ha sido lo suficientemente reconocida. Es recordar al amigo que vivía con su cuaderno de notas, siempre investigando temas, trabajando rigurosamente, a diario, su narrativa.

Hay un Tord que estuvo cerca de los políticos. En el extenso dossier fotográfico de la publicación se incluye una imagen con el expresidente Fernando Belaunde y su esposa, Violeta Correa. Fue una amistad que empezó a fines de los sesenta y se extendió a través de las décadas (la cercanía se mide en los fines de semana en la casa pequeña heredada Pucusana, por ejemplo).

Becerra dirá que no fue un hombre de clase alta –aunque fue amigo de varios millonarios peruanos–, sino un intelectual de la clase media, que vivía de escribir libros de arte, de algunos premios literarios, de dictar clases en universidades. Se desempeñó como regidor de Lima Metropolitana durante la gestión anterior. Pero el biógrafo define al biografiado como un apolítico.

“Él concentraba gente de derecha, de izquierda; y generaba, de alguna manera, antipatías por no decidirse, un problema que tiene la gente de centro. Él sufría de eso”, explica Becerra.

3. Tord fue un autor de una gran capacidad intelectual. Oro de Pachacamac, por ejemplo, demuestra su gran capacidad con el manejo de recursos históricos: una supuesta relación entre los adoradores del dios precolombino Pachacamac con el culto al Cristo de Pachacamilla, con el que se adelantó a la hipótesis que María Rostworowski elaboró en el libro Pachacamac y el Señor de los Milagros.

Sin embargo, el trabajo de ficción más loable fue Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote, en el que supuestamente encuentra en Huamanga el manuscrito de Fray Diego de la Santa Fe –el alter ego del morisco Cide Hamete Benengeli–, quien afirma que escribió la historia de Don Quijote en árabe y se la pasó a Cervantes, su compañero de celda.

Fue tanta su pericia historiográfica en pro de la ficción demostrada en esta historia que algunos especialistas extranjeros en el Quijote de la Mancha creyeron que la ficción era verdad, vinieron al Perú y no creyeron que fuera solo mentira. Becerra detalla que en España y Puerto Rico han elaborado tesis al respecto.

“Fue un trabajo de narración al estilo de Jorge Luis Borges, el uso del manuscrito perdido”, explica Becerra.

Hubo una relación especial con el Cusco, que le dio otro magnetismo a su obra y a su vida, que estaba signada por el blasón de su apellido. Su esposa, Emma Velasco, es antropóloga y descendiente de uno de los incas. Cuando Borges visitó el Cusco, Tord le hizo una crónica que se puede leer, en una noche de bohemia, en la pared del Canta Rana de Barranco.

4. Dicen que las bibliotecas de los autores son una forma de entrar a su cerebro y avizorar, a grandes rasgos, lo que hacen. En la de Tord, amén de cerámica precolombina, cuadros, fotografías en blanco y negro, y un sillón de tapiz color bermellón, están los libros de distintas materias. La narrativa es, tal vez, la menos abundante. Los lomos desgastados de los títulos hablan de sus intereses históricos, arqueológicos, antropológicos, esoterismo.

Aunque exquisito y culto, era el perfecto escritor caleta. Había ganado algunos de los más importantes premios literarios en el Perú, pero era poco conocido. Becerra lo ha preguntado a tirios y troyanos.

“Es por el tipo de literatura que hace, demanda mucho del lector”, explica. No es un autor fácil: el lector tiene que estar interesado en la historia, en la numerología, y recién ahí te engancha”, dice Becerra. Es una narrativa distinta, llena de citas, de incisos.

Recién dejará este estilo tan demandante al escribir sus últimas dos novelas, que son de “corte lírico”, como las denominaba, más históricas, pero del siglo XX.

La segunda teoría que tienen los hijos sobre el por qué Tord no brilló como debía, es que el autor no perteneció a ese círculo de los escritores consagrados.

Tord tenía una saga de siete novelas históricas. Logró publicar cinco. Las otras dos aguardan.

70 LIBROS, ENTRE ELLOS VARIOS DE HISTORIA DEL ARTE, PUBLICÓ TORD.