• DOMINGO 19
  • de abril de 2026

Central

FOTOGRAFIA
Los últimos años se ha logrado que San Marcos y Bellas Artes se involucren con la comunidad.

Pintando el Barrio

José VadilloVila

jvadillo@editoraperu.com.pe

Como un ninja cerúleo, jubiloso y ruidoso, el mototaxi con su intonso conductor cruza la calle achorado y apurado; chúcaro y sin clatson. Es una selva de cemento sin Lavoes ni Pinglos. Timba y salsa son la banda sonora; y tatuajes y gorras casi la genética de los hombres al volante de las tres ruedas.

El mototaxi es el medio de transporte más usado en las manzanas que separan el Congreso de la República del cementerio Presbítero Matías Maestro. El mototaxi, símbolo por antonomasia de la Lima informal, se ha multiplicado como maná del cielo tras la migración venezolana en Barrios Altos. Si se habla de economía combi, es lícito hablar de política mototaxi.

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Los ladridos del chiribaya ‘Zeus’ y el pitbull ‘Chalina’ se afilan desde el fondo del callejón, que será pobre pero limpio y de paredes bien pintadas. La vecina escanea a los foráneos, ¿sí, a quién buscan? La seguridad es tarea de todos porque Barrios Altos es picante como ají con venas. Hay que andar atento frente a sapos y otros anfibios.

¿Cómo es la vida de una jovencita en Barrios Altos?, pregunto a Ana María Escobar mientras un blondo Corazón de Jesús nos acompaña.

“Piensan que una chica de Barrios Altos tiene que ser una malcriada, una que sale mucho”, dice Ana, chapando en el aire mis prejuicios.

Lo mismo pensaron sus amigos de la UPN, donde cursa el segundo año de Derecho. Cuando dijo dónde vivía, pensaron que ella sería así o asá. Ella ha aprendido a lidiar con esos clichés de quienes conocen Barrios Altos solo por las noticias.

Sus 18 años los ha vivido en Barrios Altos. Y su rutina no ha cambiado mucho desde que estudiaba en el colegio.

Por las mañanas, hace diversas labores caseras. Cocina, lava, saca a los perros. Apoya a sus abuelos; ayuda en las tareas escolares a sus sobrinos, mientras su mamá, María Isabel, trabaja. Por las tardes, asiste a clases.

Si bien hay barrioaltinas que no hacen nada por la vida, aclara que no es la excepción de las que sí se dedican a estudiar. Y son muchas, aclara.

El rostro de una Ana aún escolar se vio este año en el Festival del Cine de Lima y en el barrio.

Hace un par de veranos, aprendiendo a bailar festejo en un taller, conoció al cineasta Jimmy Valdivieso, quien ya había rodado Esa gente existe (2014), su primer documental sobre personajes de Barrios Altos. Jimmy convirtió a Ana en una de las protagonistas de Mi Barrios Altos querido (2019), también en torno a los habitantes de este espacio tradicional limeño.

Y cuando acabe Derecho, quiere postular a la Academia Diplomática. ¿Para eso te mudarás de barrio? “Es mejor para mí decir ‘yo salí de aquí y mira lo que logré’ para motivar a la gente. Surgir de un lugar así te ayuda a salir adelante”, me asegura.

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Si el Centro tuviera un color, una gran mancha bermeja entintaría todo el Cercado de Lima. El rojo define, en la escala de densidad de Kernel, el muy alto número de personas que purgan cárcel por cierto delito.

De acuerdo con el Instituto Nacional Penitenciario (Inpe), el 32.3% de los internos de los penales del Perú por casos de robo agravado –es decir, 587 de 1,816– proviene del Cercado de Lima. Otros 133, por tráfico ilícito de drogas. También hay casos de violación sexual de menor de edad, microcomercialización o microproducción de estupefacientes. Es de las zonas más picantes de Lima y el Callao.

Durante la última década, a Barrios Altos le hicieron una rinoplastia. En cada manzana se han tumbado las vetustas quintas para dar pie a almacenes, que parecen fortines inexpugnables de algún gigante. Son propiedades de los mayoristas del Mercado Central, de Mesa Redonda. Cada día generan riñas y tráfico vehicular.

El documentalista Jimmy Valdivieso sabe que este tema es un parteaguas. “Hay quienes dicen que atentan contra el vecindario y otros, que ayuda a recuperar espacios que eran antros de perdición y que al ser depósitos, generan trabajo, que hace mucha falta en esta zona”, dice.

Elsa Collado tiene 78 años. Sus dos hijos, cinco nietos y un bisnieto nacieron en Barrios Altos. Desde hace casi 40 años, ella está al servicio de su comunidad.

Me dice que si solo viera el tema desde la “conveniencia propia”, diría que es algo bueno: en la 9 del jirón Cusco, donde vive, han construido una veintena de edificios. Se fueron las quintas donde moraba “gente de mal vivir”. Pero, lamentablemente, estos depósitos se han construido “fuera del marco de la ley”, sin licencias de construcción ni demolición. “Todo irregular, sin principio de autoridad”.

Empezaron a multiplicarse durante la gestión del alcalde Luis Castañeda, quien no tenía entre sus virtudes el de escuchar a los vecinos, cuenta doña Elsa.

Y si de alcaldes se trata, dice que a Alfonso Barrantes Lingán le deben las dos ordenanzas que permitieron la participación vecinal. Sobre el ornato público, resalta la gestión de Alberto Andrade Carmona, hombre que le gustaba el trabajo vecinal.

“No he tenido la suerte de ver por acá al alcalde Muñoz. Pero ya ‘nació’ el Plan Maestro de Lima. Esperamos que con ello mejore la calidad humana del vecino de Barrios Altos”.

Si bien las casas de Lucha Reyes o Felipe Pinglo Alva, van camino al olvido, Jimmy Valdivieso dice que más que políticas arquitectónicas patrimoniales o la creación de un eje turístico, en este barrio emblemático urge una mirada social y cultural.

Doña Elsa dice que el primer problema en Barrios Altos es la vivienda: tugurización y el tema de propiedades son los temas por resolver.

Ella ha trabajado como hormiga silenciosa para que las facultades de San Fernando y de Farmacia y Bioquímica de la UNMSM se integren a la comunidad. Hoy los alumnos de Medicina hacen visitas sabatinas a distintas zonas; y la segunda ha llevado a cabo 100 análisis gratuitos.

También se logró que la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes, de 101 años, se integre a la vecindad con talleres gratuitos para niños. Asegura que se puede hacer más.