• MARTES 10
  • de marzo de 2026

Cultural

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La Costa Verde en la historia


Texto y foto Renzo Chávez

El calor intenso del verano limeño mueve a miles de personas a las playas y balnearios de nuestra ciudad. El ciudadano elige su alternativa según las condiciones y posibilidades propias, desde los costos que puede cubrir hasta el lugar más cercano al que puede concurrir.

Esto, naturalmente, moviliza a un considerable porcentaje de habitantes en Lima –principalmente aquellos distritos ubicados en el centro de la ciudad– a la Costa Verde, creación histórica que con su construcción dio un giro a las costumbres veraniegas de la ciudad.

La historiadora María Delfina Álvarez Calderón conoce al dedillo la historia de este emblemático espacio capitalino, pues buena parte de esta pudo presenciarla en primera persona.

Visión de ciudad

“El origen de esta idea nació con Leguía, quien consideraba que Lima debía mirar hacia el mar, y que era una vía indispensable para establecer las carreteras porque en su época llegaron los primeros carros al Perú”, relata Álvarez.

Al respecto, Álvarez Calderón explica que el origen de la entonces avenida Costanera correspondía a la necesidad de conectar el Perú de norte a sur por la costa, en los tiempos en que aún no existía la carretera Panamericana, comenzando en La Punta.

La Costanera fue inaugurada por Leguía el 28 de octubre de 1928, poco antes de iniciar el declive, que junto con el final del Oncenio significó que este proyecto durmiera el sueño de los justos por varias gestiones posteriores.

“Lo cierto es que en esta avenida entraban solo dos autos. Además, había una vereda que daba al mar, un malecón con una baranda iluminada y bancas donde uno podía sentarse a conversar”, comenta María Delfina.

Con estas innovaciones, la población de Lima comienza a aprovechar más su acceso a la costa. “Era costumbre para muchas personas de todas las condiciones sociales ir a pie o ir en auto –dejarlo estacionado– para bajar a caminar, así se convirtió en un punto de encuentro amical, familiar y hasta romántico para conversar al aire libre”.

Sin embargo, el mar seguía demostrando su bravura y, como todo indomable que no se somete fácilmente, generaba algunos desmanes en la obra. Esto fue así hasta que la familia Boza miró el potencial de esta zona poco trabajada y decidió inyectar una fuerte inversión para aprovechar los beneficios que podría traer.

El gran avance que transformaría la avenida Costanera en la concurrida Costa Verde llegó con la presencia del arquitecto Ernesto Aramburú Menchaca, luego de la década de los 50, cuando la zona estaba descuidada por el maltrato del mar.

En aquella época, ya en los 60, el arquitecto alcanzó la alcaldía de Miraflores al mismo tiempo que Luis Bedoya la de Lima. De esta forma, el impulso de la Vía Expresa del Paseo de la República calzó estratégicamente con el progreso de la Costanera para convertirse en la Costa Verde.

Nuevos hábitos

“Él [Aramburú] fue el que concibió la Costa Verde porque pensó en que debía ser frente al mar y que debía ser verde, para lo que sembró unos viveros que aprovechó para ir estableciendo la Costa Verde”, relata María Delfina.

Este nuevo progreso cambió nuevamente la forma de percibir la costa limeña. Ya no era solo un centro para el entretenimiento familiar, también se convirtió en el espacio ideal para que se instalaran otros servicios y negocios.

“Además de ordenar la pista para que la gente se transportara a las playas, ampliando la avenida, se pensó en otros fines, se instalaron clubes náuticos o centros para hacer tabla, restaurantes y otros centros de esparcimiento”.

Como es natural, esto atrajo un fuerte flujo de visitantes que descubrieron la maravilla de bañarse en el mar de su propia ciudad, llegando por el medio que quisieran (a pie, bicicleta o automóvil) con alternativas para vivir un momento de esparcimiento social.

Desde ese momento, la Costa Verde vivió una constante revolución de innovaciones que fueron transformando los hábitos de la gente en Lima hasta lo que conocemos hoy. El paso de las décadas la convirtió en el lugar donde se puede ir a pasear, bañarse, correr tabla, comer o hasta vivir una tarde romántica.

La mirada de María Delfina Álvarez Calderón no se queda en el repaso de la historia, sino que la proyecta en el contexto actual. “Para el bicentenario podría lograrse el máximo aprovechamiento con actividades más familiares, que puedan vivir un momento agradable y, sobre todo, proteger nuestras playas”.