• VIERNES 3
  • de abril de 2026

Opinión

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Historia

Los intihuatanas, su verdadera función

José Luis Vargas Sifuentes

Periodista

Existen diferentes versiones respecto a la función que cumplían los intihuatanas (de ‘inti’, Sol; y ‘watana’, atar o amarrar), esculturas pétreas talladas en una sola pieza, ubicadas en sitios arqueológicos monumentales, como el de Pisac, en el Valle Sagrado de los Incas, Cusco; en Vischongo, en la provincia ayacuchana de Vilcashuamán, y en Machu Picchu, el más imponente de todos.

Cada intihuatana tiene una pilastra de escasa altura, en forma de polígono, que apunta al cielo y cuyas diferentes caras proyectan sombras, en relación con el movimiento del Sol y las diferentes estaciones del año.

Respecto a la función que cumplía, dos son las propuestas más generalizadas: una es que se trataría de un observatorio astronómico para determinar los solsticios; y la otra, que era un reloj solar, que permitía determinar las horas del día gracias a la sombra que produce el pilar tallado en su parte central.

A las citadas propuestas se suma ahora la versión mítica dada a conocer por el incansable antropólogo, arqueólogo e historiador Federico Kauffmann Doig en un artículo titulado ‘Gentilcunamanta-rimay’ (de ‘gentil’, remoto antepasado precristiano; ‘cuna’, plural; ‘manta’, del, y ‘rimay’, hablar), es decir, ‘lo que cuentan los gentiles’. La versión ha sido recogida en Chuquinga, centro poblado del distrito de Chalhuanca, provincia de Aymaraes, Apurímac, conservada por Rubén Aucahuasi, antiguo poblador de la zona, y explicaría la verdadera función del intihuatana.

Para el investigador, habría que descartar, en primer lugar, la versión de que se trataría de un reloj solar que permitía observar las sombras que se proyectan durante el día; algo poco probable ya que la mayor parte del año, Machu Picchu en particular, está cubierto por nubosidades que habrían impedido esa función.

El intihuatana sería un adoratorio, versión compartida por diversos historiadores, empezando por Max Uhle, autor de un estudio pionero sobre ese altar, en cuya parte superior debió ubicarse una figura votiva, según los dibujos de montañas sagradas (apus) que incluye Guaman Poma en sus trabajos.

Para entender mejor el tema, recordemos que en tiempos del Tahuantinsuyo existía escasez de tierras aptas para el cultivo debido a la aridez de las laderas de los Andes y los estrechos valles cordilleranos, que trató de ser superada con extraordinarias obras de canalización, la ampliación de la frontera agrícola y la construcción de andenes en las pendientes andinas, a los que se sumaba la laboriosidad llevada al extremo.

Ante la escasez que ocasionaban las sequías o las lluvias torrenciales, a causa del Fenómeno El Niño, y alejar al fantasma de la hambruna, el pueblo incaico tenía que trabajar el campo más horas de las que proporcionaba el día.

De ahí que recurrieran a sus remotos antepasados –los gentiles– a los que atribuían la capacidad sobrehumana de prolongar la luz del día y así extender las faenas agrícolas, lograr un superávit de alimentos para sortear los años aciagos y abastecer a una población estimada entre 12 millones y 14 millones de habitantes.

Esa extensión de la luz diurna se lograba ‘amarrando al Sol’, por más ilusorio que hoy nos parezca, para lo cual era necesario disponer de un soporte que permitiera retener al astro rey mediante una cuerda. La desbordante religiosidad del pueblo inca se exteriorizaba mediante imploraciones, ofrendas y hasta sacrificios dirigidos a los apus o montañas sagradas, con el ruego que lloviese a su debido tiempo y en su justa medida. Y se respetaba y agradecía amorosamente a la Pachamama (Madre Tierra), la divinidad considerada donante directa de los comestibles; fecundada por el agua.

Para amarrar al Sol se precisaba de una estaca, por lo que el elemento aludido fue utilizado por los gentiles. Esa habría sido la tarea del intihuatana.

Dada la poca extensión para dar mayores detalles sobre este tema, nos limitaremos a transcribir un fragmento del relato mítico en quechua citado por Kauffmann Doig:

 (“Los hombres antiguos con muchas dificultades encontraban las subsistencias. Desde antes del amanecer, hasta bien entrada la noche trabajaban. Para ellos el día ya era muy corto. Por eso, se dice, amarraban al Sol con cintas artísticas cada día hasta terminar el trabajo”).


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