La tarde se ha teñido de fuego en el puerto de Requena. Las nubes algodonadas de esta ciudad amazónica, ubicada al sur de Loreto, parecen arder en una enorme fogata que ha pintado de naranja también el río Tapiche.
A esta hora, la brisa deja de ser sofocante, y parece invitarme a respirar su humedad vegetal desde las calles, balcones o ventanas. Voy hacia el mirador, una especie de palco elevado a orillas del Tapiche, en el malecón Tarapacá. Subo hasta uno de los símbolos de Requena, la Cruz del Peladillo, y estoy dispuesta a quedarme allí hasta el anochecer.
Sin embargo, el apetito devorador de decenas de mosquitos y zancudos me disuaden. “Es solo hasta que se acostumbren a ti”, me dice un muchacho, que ha llegado hasta este lugar acompañado por su novia para ver juntos el resto del atardecer requenense, el cual ha añadido nuevos tonos de azules y violetas a su paleta de colores.
Insectos y naturaleza Después de unos minutos de placer visual y obstinación fotográfica, me refugio en mi habitación. Aquí estoy a salvo, pienso, pero esa sensación comienza a ser invadida con cientos de insectos diminutos que han empezado a caer como lluvia desde la bombilla de luz. Parece que nacieran del techo del cuarto y que se multiplicaran a cada segundo.
Al notar que son inofensivos, trato de ignorarlos, pero enseguida un enorme insecto sube por la pared. El temor no me deja reconocer que se trata de un simple grillo. “No te preocupes, lo único que te hará es cantarte”, me dice el dueño de la vivienda mientras lo retira con sus manos.
Es entonces cuando noto el enorme divorcio que existe entre la vida de una ciudad como Lima y la convivencia de la vida humana en la Amazonía con el resto de la naturaleza.
Esta noche aprendo que para evitar la lluvia de insectos diminutos, sin tener que cerrar las ventanas, solo debo encender la iluminación media hora más tarde de lo habitual, pero, también, que convivir con insectos no es algo que debería asustarme.
Tal vez por eso, al día siguiente ya no me parece extraño que pequeños saltamontes compartan las aceras con los humanos, ni que después de la lluvia hayan caído docenas de escarabajos negros gigantes sobre la plaza de Armas (para el placer de los más pequeños).
Vegetación armónica Solo han transcurrido dos días y Requena ha pasado de ser un paraje real maravilloso –casi surreal– para mis ojos, a convertirse en una ciudad que hace placentero el descubrimiento de la selva que nos arrulla alrededor.
Las noches no son silenciosas, pero sí apacibles. Los grillos y los sapos que se esconden en la frondosa vegetación que brota en cualquier parte, se encargan de orquestar la música nocturna. Solo se detienen cuando llegan las primeras aves a las copas de los aguajales para tomar la posta.
Esta música imperecedera invade el interior de los palafitos instalados alrededor de La Cocha, una especie de laguna o ciénaga formada con las aguas del Tapiche y ubicada en el medio de la ciudad. Invade también los clubes campestres y sus piscinas naturales y artificiales, así como cada rincón del centro urbano.
Mientras camino en medio de este concierto musical, imagino cómo deben ser los sonidos al otro lado del río Ucayali (a pocos metros de allí), donde nace la boscosa reserva natural Pacaya Samiria, la más grande del Perú y el último bastión del kukama kukamiria, lengua casi extinta que, según el profesor Tito Sajami, aún se puede recuperar en Requena.
Cuna cultural Los amaneceres azulan los pensamientos en Requena. Contemplo uno de ellos sentada en la plaza San Francisco, desde donde se puede ver la iglesia principal, de estilo neogótico, muy parecida a la catedral de Iquitos.
Observo igualmente el emblemático colegio religioso Padre Agustín López Pardo, más conocido como PALP, que a mediados del siglo pasado alcanzó tal prestigio que jóvenes de todos los rincones de Loreto y Ucayali llegaban para acceder a una educación que en otras circunstancias no hubieran tenido. “Desde entonces a Requena la llamaron La Atenas del Ucayali”, me ha contado hace poco Germán Ahuanari, periodista requenense que administra la única biblioteca de la ciudad.
La mañana sigue azul cuando decido caminar hacia el muelle. Cruzo el mercado central, lleno ya de comerciantes que venden jugos y panes. Otros van llegando con los productos que acaban de descargar del barco que ha llegado hace unas horas desde Iquitos y que en pocos minutos partirá nuevamente hacia la capital loretana.
Es hora de retornar a las aguas del Amazonas a través de las corrientes amarronadas y sinuosas del Ucayali.
Cómo llegar a la ciudad
-Requena es una de esas ciudades que los viajeros y viajeras pueden elegir para pernoctar o pasar unos días de tranquilidad y desconexión si hacen la ruta Iquitos-Pucallpa.
-La ciudad cuenta con hoteles y hospedajes de diversas categorías y con restaurantes creados para todos los gustos y bolsillos. Además, tiene recreos campestres y atractivos turísticos como el lago Avispas.
-Requena está a 200 km al sur de Iquitos, por lo que se llega tomando lanchas, que tardan 15 horas (20 soles) o por la ruta rápida de 5 horas (80-100 soles), que incluye bus hasta Nauta y deslizadores (“rápidos”).
-El distrito de Soplín, por donde también discurre el río Tapiche, es muy frecuentado por turistas que guardan especial interés por el turismo rural.
-El lugar también es propicio para practicar deportes de aventura debido a las características de la geografía. Si el tiempo y las energías le alcanzan, visite Tapiche, Yaquerana y Maquia, distritos con gente amable y llena de historias fascinantes.
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