“Oveja ch’uyay”: una celebración cusqueña que se resiste a desaparecer
A 4,850 metros sobre el nivel del mar, en las entrañas del apu Pacchatusan (“el que sostiene el mundo”, en voz quechua), los comuneros se resisten a la desaparición del “Oveja ch’uyay”, un ritual que evoca a la Pachamama, las deidades ancestrales y la reproducción del ganado ovino.
Escalar este apu o dios tutelar, es una experiencia extraordinaria que turistas compartían antes de la pandemia del covid-19. Desde lo alto, al disolverse la neblina que baña las cumbres, se contempla los impresionantes apus Ausangate y Salkantay, y el valle sagrado de los incas.
Junio solía ser el de fiesta en la ciudad de los incas, el Cusco, hasta que el nuevo coronavirus obligó la suspensión de los festejos, esperemos que solo hasta el 2020.
No había cusqueño o cusqueñista que, en estas fechas, no haya lucido con amor algún traje típico y haber danzado para rendirle homenaje al inti en la propia Haukaypata o plaza mayor del Cusco.
Que cese el mal
La tristeza fue compartida la semana pasada, el 24 de junio: en lugar del Inti Raymi, la fiesta del Sol, que movía a más de 300,000 personas anualmente por las inmediaciones del Qoricancha, Haukaypata y Sacsayhuaman, ahora se valoraba por la red social Facebook el “Onqoy Mit’a”, ritual inca en “tiempos de enfermedad”, en el que se clamó el cese del mal. El mismo Inti Raymi también se conmemora la fiesta de San Juan.
Aquella tristeza del Inti Raymi sin público, intentó ser revertida con cierta extrañeza en Patacancha, comunidad integrada por cinco familias. Ellos guardaron, desde la noche anterior a la fiesta de San Juan, en los vastos corrales de oveja a la sombra de chachacomos.
Ganarle al Inti
De madrugada los jóvenes partieron para enfrentarse a la niebla de invierno y ganarle los “ojos” de agua que brotan del gran Apu. “Hay que lograr agua cristalina antes que el tayta Inti, lo vea y no sirva para el ‘Ch’uyay’”, explicaba “Mati” Matilde Saraya, llevando dos bidones en su regazo.
Mientras “Mati” recorría tres manantiales, el intenso astro convertía la helada, cubierta de ichus, en rocíos diáfanos, en “lágrimas del apu”. En su casa, sacrificaron una oveja y se guisaba un “chayro” con las vísceras, una exquisitez que se come antes del Ch’uyay.
Su padre, Nicolás Saraya, tomó el agua, mezcló con maíz blanco chancado cosechado en Husao, un centro poblado al sur de la ciudad del Cusco, con el que rociará con pétalos de margaritas a sus más de 300 ovinos entre recién nacidos y adultos, listos para ser comercializados.
Un “despacho” para la Madre Tierra
Antes un sacerdote andino elaboró una ofrenda o “despacho” para la Madre Tierra, el objetivo: brindar de alimentos para su rebaño que además acompañan vacunos y “Lalita”, la única cabra. Todo el ritual de purificación para su reproducción se hace con absoluta fidelidad y regocijo.
“Kunan sumaq p’unchaypi ch’uyayushanchis uywanchisqunata”; “en este bonito día estamos purificando a nuestros animales”, se expresó Nicolás antes de liberar a los animales para después compartir con su familia un “kankachu” o cordero a la brasa con “huatia”, la papa sancochada muy parecida a la pachamanca.
Daniel Gamarra Huamán creció al otro lado del Pachatusan, en Vilcabamba, Paucartambo, y ahí, dice, era similar el Ch’uyaska, aunque reconoce que la fastuosidad se va perdiendo con los años.
“A la media noche se hacía fogata, el ‘qonoy’, en la puerta del corral, que era adornado con Chachacomos, Q’ueñas y flores, se degustaba de comida y chicha de jora o vinito”, cuenta.
Relata con un brillo en los ojos, “¡era un día de alegría! Se hacía el ‘walkanchu’, o ‘colocado de flores y frutas’ alrededor del cuello y una ‘k’eperina’ o manta en la espalda del ovejero, la música típica era infaltable”.
Esa misma alegría se vivía en la fiesta de San Juan, el santo acompañado de una oveja, que salía en procesión por la plaza mayor acompañado de ganaderos y comerciantes.
“Era tradicional llevar a con aretes, pompones de colores, totalmente limpias al templo del Triunfo”, se cuenta en el fanpage Almudena y Folklore Cusqueño, con una fotografía en blanco y negro de un 24 de junio de hace décadas, aunque no se menciona el año.
La festividad en Patacancha se realiza todos los años. Los integrantes de las familias arriban por caminos de herradura o una trocha. Desde la comunidad se contempla también el parque arqueológico de Tipón, el atractivo con el mejor sistema hidráulico, terrazas y microclimas. (Texto y fotos: Percy Hurtado Santillán)