Historias de payasos: “Mochoqueque”, una vida en el circo y con la nariz roja
1.
“Nosotros estamos extrañando nuestra pista”, me dirá César Chumacero. Desde el día que nació, César solo conoce a plenitud la vida que transcurre en la carpa de un circo, entre tachos de luz y la alegría del público. A mucho orgullo, su nombre artístico de “Mochoqueque” se lo debe a un mercado chiclayano.
Porque fue en un espectáculo montado en ese centro de abastos, entre productos de primera necesidad y rebajas de caseras, en el bravo distrito de José Leonardo Ortiz, donde el payasito “Mochoqueque” recibió sus primeros aplausos.
César tenía 20 años de edad cuando el ADN de narices rojas de su padre, el famoso payaso “Tony Rabanito”, afloró. Curiosamente, Augusto Chumacero Guerrero, su padre, nació en Huancabamba, la tierra piurana de los brujos pocas pulgas.
Fue “Tony Rabanito” quien bautizó a su hijo con el nombre artístico con que se ha perpetuado en los escenarios del norte del país: “Mochoqueque”. Desde entonces, son parte de su look de trabajo, el maquillaje blanco, las pelucas y los zapatos extra large.
2.
Hace 57 años, que “Mochoqueque” nació en Bellavista, Callao, pero, dejando de lado las bromas, del primer puerto solo conoce la avenida Colonial, porque César toda su vida la ha pasado en la geografía del norte peruano, donde se come bien y el público respeta el trabajo del payaso.
Su padre, “Tony Rabanito”, se quedó prendado de “miss Yoli”, Yolanda Stefano Mendoza, trabajando en el circo de los Stefano, una familia húngara que había llegado al Perú durante la II Guerra Mundial para vivir de su arte.
Igual que los Stefano, por esos años de posguerra y recesión económica en el primer mundo, arribaron artistas de Rusia y otras partes de Europa del Este. Gracias a ellos, las carpas de circo aparecieron por todos los confines del país. Fueron fundamentales para crear una cultural del payaso en el Perú.
3.
A diferencia del grueso del gremio de los payasos peruanos, que solo realizan circo durante la temporada de Fiestas Patrias, “Mochoqueque” y la treintena de integrantes del “Tony Rabanito” viven del arte del circo los 365 días del año.
Siempre están llegando a los pueblos para, inmediatamente, despedirse. El circo ya tiene su trayectoria, sus palmas ganadas, y trabajan la mayor parte del año en los pueblos de Lambayeque y Piura. Por el oriente, llegan hasta Jaen (Cajamarca) y Rioja (San Martín).
“La carpa es nuestra casa, trabajamos en nuestro circo todos los días del año, vamos de pueblo en pueblo”, cuenta el hombre de la nariz roja. Un mes aquí, dos allá. Se paga los requisitos en los pueblos, la licencia por el tiempo de funcionamiento, se alquila los locales a las municipalidades o los dueños privados, se pide los permisos con las empresas de electricidad. Se debe de trabajar en orden porque los circos siempre volverán por esos pueblos y deben de quedar bien con la población y las autoridades.
Terminan una temporada un lunes, y el martes ya están de nuevo desarmando todo para trasladar las cosas al día siguiente todo y empezar a armar todo desde cero. El viernes de la misma semana, ya están brindando la primera función. La vida como un eterno inicio y fin de temporada.
Aunque tiene prestigio en los pueblos, caseríos y ciudades del sólido norte, para la carpa del “Tony Rabanito” y sus artistas, Lima es un destino lejano, al que no llegan porque representaría una gran inversión, fuera de su alcance.
4.
Los Chumacero son una familia rodante. La carpa del circo, es us casa. “Ya estamos acostumbrados. Aquí nací y aquí moriré”, dice el payaso. La empresa es familia. La hermana de César se encarga de llevar la contabilidad del circo y César del eterno armado y desarmado de la carpa y la organización del espectáculo.
El patriarca payaso, “Tony Rabanito”, ahora es un caballero de 85 años, siempre él y su esposa está dando sus opiniones y órdenes sobre cómo debe de operar el circo. Sin las cabezas de la familia y los jóvenes si bien tienen el timón, escuchan los concejos.
Como sucedió con él, los dos hijos de César Chumacero también nacieron entre pueblos del sólido norte y carpas de circo. Ambos están íntimamente ligados al oficio de sus bisabuelos Stefano.
El payaso “Mochoqueque” ya es suegro y abuelo. Su hija está casada con otro artista circense y es la única con domicilio fijo -radica en la calurosa Sullana -, mientras que su hijo lo acompaña en la vida circense, encargado del sonido y las luces, parte vital para la magia del espectáculo.
Los tres nietos de César, por parte de su hija, están iniciados en el arte del equilibrio en cuerdas, de las camas elásticas y los saltos ornamentales. “Ya desde pequeños tiene que nacerles el arte. Ellos saben que de eso vivimos”, dice el orgulloso abuelo.
Los chicos que viven la vida en los circos tiene una vida de gitanos, y reciben la educación que se les puede dar. En algunos pueblos, cuenta César, les dan facilidades para que sus hijos asistan a la escuela mientras dura la temporada y no alzan las lonas para un siguiente pueblo; pero no siempre les brindan esas posibilidades.
“Mochoqueque” dice que los circos de pueblo como el suyo están muy ligados a la demanda: se les cobra según la economía. A veces el costo es de 5 soles niños y 10, adultos. En otros pueblos, es 5 para todo público. Pero hay lugar de economías más precarias, donde un padre va con sus cuatro hijos y se le hace otro precio, para que no solo asista una vez, es la premisa.
5.
La carpa del “Tony Rabanito” tiene capacidad para 800 personas y no conoce aquello del lleno total. Funciona, casi siempre, con 300 personas, o la mitad del aforo. Hubo temporadas, cuenta “Mochoqueque”, muy difíciles, como cuando se dio el famoso “paquetazo”, durante el primer gobierno de Alberto Fujimori. “Lo único que hacer para tener comida era cobrar un sol, quiéno no tenia un sol, no había /
Pero todo ha cambiado desde el 16 de marzo, cuando se inició la emergencia sanitaria nacional por la pandemia del nuevo coronavirus. Desde entonces, las carpas de los circos permanecen cerradas.
“Los artistas circenses vivimos diariamente del público, de los ingresos de la taquilla. Con la pandemia se suspendieron todos los espectáculos. Nos afectó mucho a todos los hermanos circenses. Estuvimos estancados, estamos estancados”, dice César.
La carpa del circo está ahora en Pimentel. Al comienzo, los artistas recibieron la ayuda de los vecinos en víveres. “Estamos muy agradecidos con ellos”, dice.
Pero ya han pasado casi cuatro meses, y los que les ayudaban también están con las monedas contadas en los bolsillos y los artistas circenses han tenido que salir, caracterizados, a buscarse el día a día vendiendo sus productos la canchita pop corn, los turrones, las manzanas acarameladas…
“Mochoqueque” y sus colegas están atentos con lo que vendrá con los protocolos de bioseguridad para que vuelven a atender. Serán, sino, unas Fiestas Patrias atípica: sin circos ni payasos.
“Vamos a hacer como los supermercados, seguramente desinfectar a la gente cuando ingrese, mantener la distancia social entre las sillas o las graderías. Si dios quiere, vamos a reabrir pronto. Y estaremos listos para que realicen las inspecciones. Pero los hermanos peruanos tenemos que tener más conciencia, se ha levantado la pandemia, pero la pandemia cuarentena. Hay que tener paciencia”. Palabra de payaso.
Datos:
Del 26 al 31 de julio se desarrollará el Festival Internacional de Payasos On Line (FIPON).
Participan representantes del arte del payaso de nuevo países. Dictarán clases maestras, entrevistas, conversatorios, presentaciones artísticas e interacciones con los artistas y más.
Un porcentaje de lo recaudado será para ayudar a la comunidad circense afectada por la emergencia sanitaria por la pandemia del covid-19.