Opinión
Monseñor Alfredo Vizcarra
Obispo del Vicariato de Jaén y coordinador de IRI Marañón
Los bosques de nuestra Amazonía son grandes productores de agua. A través de ellos se liberan 20 billones de toneladas de agua diariamente. La humedad generada por las lluvias tropicales circula alrededor del planeta, lo que regula así el ciclo pluvial. Cumplen una función importantísima para la purificación del medioambiente y en ellos se alberga una de las mayores biodiversidades del mundo.
En ellos interactúan los seres humanos. Aquellos que lo hacen dentro de la misma dinámica de retroalimentación, respetando la cadena biológica que posibilita el equilibrio de este enorme ecosistema que es el bosque, son los pueblos originarios de ese ecosistema, o pueblos indígenas. Y además están los que desde fuera intervienen sin ninguna consideración a este equilibrio biológico, sino que, por el contrario, lo destruyen sin importarles las consecuencias negativas que de su intervención destructora se derivan.
En el 2019, los trópicos perdieron 11.9 millones de hectáreas de cobertura arbórea. Casi un tercio de esa pérdida, 3.8 millones de hectáreas, ocurrió en bosques primarios tropicales húmedos (Mikaela Weisse and Liz Goldman in Global Forest Watch blog, 2 jun 2020). En el caso de nuestra Amazonía se perdieron 162,000 hectáreas de bosques primarios, ubicándonos en el quinto lugar en el mundo y tercero en Latinoamérica.
Tal parece que las cifras tenderán a mantenerse en 150,000 hectáreas por año, debido a que no hay medidas concretas para hacer frente a las principales causas de la deforestación: la ilegalidad y la informalidad, que campean en la Amazonía peruana, lo que hacen posible la tala ilegal, la minería ilegal y los cultivos ilícitos. Es más, durante la pandemia del covid-19, los taladores ilegales han incursionado en territorios indígenas actuando con toda impunidad. Y, ahora que comienza la reactivación económica, uno de los primeros sectores en ser reactivados ha sido la extracción de madera de los bosques naturales de nuestra Amazonía.
Los seres humanos somos una parte integrante de la naturaleza y nuestra salud depende de la salud de sus especies y del funcionamiento natural de sus ecosistemas. Estamos en plena pandemia, la ciencia dice que su origen está vinculado a esta acción depredadora de los seres humanos, que la desaparición de ciertas especies anfitrionas de patógenos llevan a estos a buscar otros anfitriones en su reemplazo, en este caso, la especie humana. Es así como desde hace décadas estamos siendo atacados por nuevas enfermedades.
Para combatir estos virus, al mismo tiempo que se buscan vacunas, se debería atacar al virus de la acción depredadora humana. Al respecto, urgen medidas concretas que eviten la deforestación y sean expresión de nuevas políticas de desarrollo que no estén basadas únicamente en una visión extractivista.