Hoy se conmemoran los 45 años de la muerte del Picaflor de los Andes
1.
Es dorado como el maíz. Lleva una guitarra afinada y sonríe tocándose el sombrero a la perlada. Como los seres inmortales, el Picaflor de los Andes tiene una tumba y un monumento en el cementerio El Ángel.
En tiempos de la prepandemia, su tumba era un lugar de peregrinación. Habitaba solo don Víctor Alberto Gil Mallma (1928-1975), hasta que en mayo, en plena cuarentena, llegó para acompañarlo en las eternidades y muy cerca otro enorme artista del Centro del Perú, Eusebio “Chato” Grados (1953-2020).
Dicen los que conocedores de estos cantos que ahora “el genio del Huaytapallana” y “el rey del Pío-Pío”, están juntos. Y cantan a dúo.
2
El día de hace 45 años, 13 de julio, cuando el Picaflor de los Andes se hizo eterno y falleció en la ciudad de La Oroya, los gorriones solo gorjearon tristezas (Yo también, gorrioncito, sufro y lloro sin consuelo / porque soy igualito, solitario y olvidado).
Y no hubo vecino limeño que no se enterara de las exequias del “Picaflor de los Andes”, “Picacho”, como lo llamaban sus seguidores. Aquel 16 de julio de 1975, Lima aún miraba sobre el hombro a los inmigrantes serranos, pero la capital parecía un pueblo más del valle del Mantaro, donde se entonaban y se zapateaban huainos, mulizas y huaylarshs del Centro. Salud.
El entierro del Picaflor de los Andes, era reconocer que la urbe símbolo del “desborde popular”, dixit José Matos Mar, estaba cambiando. Boquiabiertos, los periodistas de los periódicos fueron a dar fe que más de cien mil personas fueron a despedir a Víctor Gil Mallma. ¡Ni los obispos convocaban la décima parte de ese adiós multitudinario!
Lo llevaron sobre sus hombros, corearon sus éxitos y a veces inclusive, hasta parecían herejes porque entonaban Si es verdad que existe justicia en el Cielo / Por mi sufrimiento irás al Infierno. ("Maldita pasión").
3.
Los últimos días de su vida, Picacho repetía que se iría muy lejos. Que se iba a morir, insistía premonitorio él.
Dicen que la tristeza lo abrazaba desde que no pudo cantar en el pueblo de Concepción, durante la última gira que estaba realizando y la gente lo pifió pensando que suspendía el espectáculo porque estaba borracho, pero “Picaflor” era un artista abstemio.
Lo llamaban, a mucha honra, el genio del Huaytapallana, en alusión al nevado que bendice a Huancayo y el valle del Mantaro, esas tierras donde había nacido este “huanca hualash” (el “hombre huanca”, en dialecto quechua-huanca) y a la que cantaba con una voz que no ha sido igualada, las letras del huaino creado por otro gigante, el violinista Zenobio Dagha Sapaico, el genio de Chupuro:
Yo soy huancaíno por algo / Conózcanme bien, amigos míos (...) Conózcanme hijo de quién soy / De un huancaíno, guapo de guapos.
(“Yo soy huancaíno”).
Ya en Tarma, donde había iniciado esa breve y última gira del 75, Picaflor, con sólo 46 años de edad había dicho que se iba y que no volvería a cantar. “¡No te vayas, Picacho!”, le gritaba la multitud entre sollozos y lanzando los sombreros al aire. Pero el cantante se despidió y emprendió el viaje “a lomo largo” hacia Huancayo.
La última etapa musical del Picacho, entre 1972 y 1975, fue dura: Víctor Alberto Gil Mallma cosechaba éxitos, pero cantando en una silla de ruedas. Así llegaba al Coliseo Nacional, ese escenario limeño que cada fin de semana le daba las glorias. A ellos les juró que iba a irse al extranjero para volver a cantar como en sus buenos tiempos. Lidia Gil, la mayor de los ocho hijos que tuvo el artista, alguna vez comentó una hipótesis: que la última gira por el Centro del Picaflor tenía por fin juntar los fondos para que viaje a Estados Unidos para tratar de encontrar cura a su salud.
Al Picacho lo aquejaba una suerte de “hemiplejia en los pies”, que molestaba mucho al cantautor huancaíno que registró 17 discos y dio a los provincianos un canto que les daba esperanza, que se traducían en miles de discos vendidos aunque no era millonario, salvo de amigos, sino que era sencillo, vivía en el distrito de La Victoria, entonces sístole y diástole de la vida provinciana en la capital, y tenía una oficina en el paseo Colón, donde concretaba sus contratos.
4.
Él quería que lo despidan tocando huainos y mulizas y bailando una chonguinada. Y todo se cumplió al pie de la letra, como la orden de una general en campaña bélica.
Tres días duró la agonía del Picaflor de los Andes. Luego, falleció a las 21:15 de ese lunes 14 de julio de 1975, en el Hospital Regional Chulec, de La Oroya. Se lo llevó un infarto. Fue el colofón de esa última e ingrata gira.
Víctor Gil retornaba de Huancayo a Lima esta vez sin cantar. Pero el primer tramo, de la capital comercial de la región Junín hasta La Oroya, fue un suplicio: la hizo respirando con la ayuda de un balón de oxígeno medicinal. Pero al acercarse a la ciudad metalúrgica su salud desmejoró y tuvo que ser internado en el nosocomio oroyino de Chulec, donde dejaría de existir.
Sin necesidad de internet, la noticia voló por los cuatro vientos. Y el cadáver del Picacho fue recibido con los honores de un gigante que sonaba en mercados, talleres y negocios diversos de Lima.
Había sido como un hermano desde las radioemisoras AM que sintonizaban los ambulantes en sus carretillas, las empleadas del hogar en sus cocinas, y a los obreros en sus refrigerios.
5.
El convoy salió el 14 de julio, a la mañana siguiente del fallecimiento, desde La Oroya rumbo a Lima. No pudo parar en Chosica, como estaba previsto, donde lo esperaba un gran homenaje.
En Lima, primero llevaron el cuerpo hasta la oficina del Paseo Colón, donde se le cambio nuevamente de vestimentas y ataúd (pasó a otra agencia funeraria), y de ahí fue llevado al Coliseo Nacional de La Victoria, donde sus cientos de seguidores lo acompañaron recordando éxitos y anécdotas del coloso.
La mañana del jueves 17 de julio de 1975, cuando en el espacio, los soviéticos de la Soyuz y los gringos del Apolo se aprestaban a darse un saludo histórico y hacer labores conjuntos, en Lima, la muerte del Picaflor de los Andes había enlutado la ciudad, que descubría esa fuerza que ya empezaban a ser los migrantes, los que recién con el siglo XXI los reconocerían como “emprendedores”.
El cortejo fúnebre -según los diarios de la época- estaba compuesto por más de 100 mil personas y avanzaba cumpliendo los deseos del Picaflor: no se lloraba sino que se canturreaba las canciones que él había hecho famosas, interpretadas por las bandas folclóricas.
Acompañaban el cortejo fúnebre muchas personas con trajes típicos, sobre todo huancas, pero también estaban los compañeros de arte, dolidos por la partida, no solo andinos, sino de todos lados: Lucho Barrios, el Indio Mayta y otros tantos reconocían la grandeza del canto del Picacho, ese hombre de timbre fuerte y sentimental como ningún otro.
En el camino del romance / Soy un viajero sin destino / Una palabra amoroso y unas caricias, ahí me quedo / Aunque después mal me paguen / Esa es mi suerte conocida. (“Un pasajero en tu camino”).
La multitud con el féretro bajó desde La Victoria, enrumbó por la avenida Abancay, ingresó por el jirón Junín para dar una vuelta por la Plaza Mayor de Lima.
A las 10 de la mañana, ingresó al templo de San Francisco para una misa de cuerpo presente, donde el reverendo José Garmendia sintetizó en su oficio religioso el sentir de esos miles de personas que acompañaba a su última morada al Picaflor:
“En una época en que se despreciaba la cultura indígena, Picaflor de los Andes trajo con valentía a la costa su sensibilidad artística. En este ambiente hostil, indiferente, él expresó con sus notas la incomparable belleza de los Andes”.
Pero también estaba su canto al nuevo hombre de la ciudad, al migrante trabajador. Están sus letras de “Aguas del río Rímac”: Agua que corre por el río Rímac / En tus corrientes llévate mi pena/ Porque sufrir tanto ya no puedo / por una ingrata que no me ha querido. O “Barrio Piñonate”: Barrio Piñonate, Plaza Dos de Mayo, Avenida Alfonso Ugarte / Tú bien lo sabes. Lo que me pasa / lo que me sucede / con una ingrata paisana / que poco merece.
La esposa de Picaflor, la tarmeña Lidia Artica, con quien estuvo casado durante 25 años, falleció en el 2005, y se llevó muchos secretos de este cantante que interpretaba con pasión huainos y mulizas a los personajes más humildes de la ciudad, porque también él fue chofer, pintor, constructor y albañil.
Pero su canto sigue vigente. Hasta hoy se versionan los temas del Picaflor y en Youtube y Spotify los peruanos del nuevo milenio agregan a su playlist esas canciones que oyeron desde la cuna. El Picacho, nunca morirá.
Datos:
-El 14 de julio de 1975, en La Oroya y víctima de una mielitis e infarto, dejó de existir éste máximo exponente de la música vernacular peruana en plena gira por el Perú.