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  • de agosto de 2026

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EFEMÉRIDES

Poesía de fiesta: el centenario de Blanca Varela [fotogalería]

Hoy se conmemora el nacimiento de la poeta limeña, autora de poemarios vitales como “Ese puerto existe” y “Canto villano”.

Editor
José Vadillo Vila

Periodista



Tras el último verso, el silencio y los aplausos, vinieron las preguntas de los poetas, de los académicos, ¿acaso el horror, la tristeza o el dolor eran los detonantes inspirativos de sus versos? Y la poeta, limeña como la arena, respondería a todo: “No es que haya sido tan infeliz como parece. Era crítica, veía las cosas que la gente oculta, de pronto las imágenes de cosas hermosas no me servían.” 

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Hoy, lunes 10 de agosto, celebramos el centenario del nacimiento de la poeta Blanca Varela (1926-2009). 

Tempranamente, el poeta mexicano Octavio Paz y futuro premio nobel, escribió en el prólogo del primer poemario de la peruana, Ese puerto existe (publicado en México, en 1959): “Blanca Varela es una poeta que no se complace en sus hallazgos, ni se embriaga con su canto”.  

Por su parte, el hispanista italiano Roberto Paoli escribiría que la poesía varelista “es de esencias y símbolos que nunca componen un cuadro figurativo de puros arquetipos que, sin embargo, en la página, en la sucesión verbal, se comprometen con el desorden, con el absurdo, con la desesperación, y están cargados de un tenaz acento vital”.

También en Blanca Varela. Canto villano. Poesía reunida, 1949-1994. Edición conmemorativa (Lima, Fondo de Cultura Económica, 2026) la escritora Carmen Ollé define que en su obra “la distensión, el desarraigo y el desorden, así como el desmantelamiento del mundo real y cotidiano giran en torno a un sentimiento de culpa que se expresa con un tono elegíaco y de inculpación”.

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Un año importante en la carrera de Blanca Varela fue 1993, cuando publicó cuatro libros (Ejercicios materiales, El libro de barro, Del orden de las cosas y, en España, Antología personal). Volvían los micrófonos, los reflectores. 

“La poesía -respondió a una entrevista en su casa, en Barranco- es otro mundo, otra lógica. Hay poetas o, en general escritores, que yo no hubiese querido conocer jamás, que son personas vanidosas, desagradables, pero que, a la vez, son buenos poetas. Por otro lado, hay personas buenísimas, rectas, honorables, pero que no son grandes poetas”.

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Los lectores de los noventa redescubrían a esta poeta cuya única fe era la palabra. 

Blanca Varela fue una de las pocas mujeres, allá, en la década de 1940, que estudiaba una carrera en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 

Formó parte de la Generación del 50 y de quien se hablaba en toda Hispanoamérica. Que había sido muy cercana a Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Sebastián Salazar Bondy. A este último, lo recordaba como alguien que le enseñó a leer poesía. Ya que escribir, Blanca Varela, lo hacía precozmente: de niña empezó a escribir sonetos, porque en su casa se escribía y leía de manera voraz. Vivía con su abuela y su madre, la compositora Serafina Quinteras, quien siempre le hablaba en verso. Pero daría el crédito a San Marcos, donde estudió Literatura, y donde comenzó a interesarse en la creación.  

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Frecuentaría la famosa peña Pancho Fierro donde conocería al novelista José María Arguedas; a su futuro esposo, el pintor Fernando de Szyszlo; al pintor José Sabogal, a los poetas César Moro, Martín Adán y Emilio Adolfo Westphalen. Que a veces visitaba el bar Zela, en la plaza San Martín, donde se reunía con pintores como Sérvulo Gutiérrez, Cristian Gálvez y Ricardo Sánchez.  

Un dato que parece de vida de poetas: aquel día de 1949 que se casó con Fernando de Szyszlo, viajó a París, en la capital francesa de la posguerra, donde el pintor y la poeta residirían por varios años, conoció de primera mano corrientes como el existencialismo y el surrealismo, que influirán en su futura obra poética.   

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En la ciudad luz conoció a los poetas Carlos Martínez Rivas y Octavio Paz, al narrador Julio Cortázar, también a los filósofos Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, entre otros. 

Beauvoir, aunque mucho mayor que Varela, la escuchaba. “No soy feminista, pero me perturbaba que por ser mujer había que sentir de determinada manera. Por ejemplo, me ha indignado siempre que consideren a las mujeres como autoras de poesía erótica. Creo que el erotismo está estupendo si la poesía es buena, pero detesto que les pongan en la frente un papelito que diga ‘poesía erótica’”, explicó en 2001.       

De París, se trasladarían por un año a Florencia, en 1954, y, posteriormente, el matrimonio cruzaría el charco para radicarse en Washington y Nueva York, en EE. UU.

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De su vida privada, diremos que Fernando de Szyszlo se convertiría, con los años, en un gran amigo y sus cuadros adornarían la casa de Varela. Contrajeron nupcias en 1949, se divorciaron, primero, al año siguiente; luego retomaron la relación y tuvieron dos hijos, Vicente y Lorenzo de Szyszlo. Lorenzo fallecería en 1996 en un accidente aéreo en Arequipa, que marcaría la vida y obra de la escritora. Ya a mediados de los noventa, Blanca Varela se había divorciado del pintor.  

El 2005, un nuevo premio la consagraba como la poeta peruana más universal: recibió el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, que le confirió el ayuntamiento de Granada, España, y lo recibió su hijo, Vicente. 

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En marzo de 2001, a través de las agencias de noticias la poeta de 75 años de edad volvía a ser noticia internacional. Se anunció desde México que había ganado el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2001. El jurado destacó que su obra era “intensa y coherente, excepcional en el horizonte de la poesía iberoamericana”. 

Era, curiosamente, el primer premio que recibía en su larga trayectoria dedicada a la palabra cincelada en versos. Como escribió entonces el crítico José Miguel Oviedo, su poesía finalmente gozaba de reconocimiento internacional; ya que había permanecido “en esa tierra de nadie en la que los libros ganan un creciente prestigio pero sólo dentro de un circuito limitado”. 

“Me alegró mucho la noticia, sobre todo porque le estoy abriendo la puerta a las mujeres. Hay que reconocer, lo mejor que le ha pasado a la literatura peruana después de la generación de 50 es la poesía escrita por mujeres”, dijo al recibir la noticia del galardón, que venía acompañado de un premio pecuniario de cien mil dólares. “Yo estoy muy contenta, ante tanta información negativa que va al exterior sobre el Perú, es una noticia que ofrece otro rostro de los peruanos”, respondió a otro cuestionario. 

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¿Qué es la poesía?, le preguntó un periodista en su casa, frente al acantilado, una tarde barranquina y de versos. “La poesía es impulso”, dijo. “Hay momento en la vida en que uno siente que tiene que sentarse frente a un papel, porque tiene algunas cosas que le están dando vuelta por ahí. ¿Qué es aquello que pueda motivar este impulso? Generalmente, es una sensación fuerte, ya sea visual, sentimental o emocional”.

Ese marzo de 2001, en rueda de prensa en México le preguntaron algo similar, sobre el peso de escribir poesía. “No pienso suicidarme como la americana Silvia Plath o la argentina Alejandra Pizarnik, aunque las entiendo. Escribir poesía es un horror difícil de soportar, pero yo soy hierba mala y aguantaré todo lo que pueda”. Al día siguiente, 31 de marzo de 2001, frente al presidente mexicano Vicente Fox, quien le entregó el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo, Varela diría: “Escribir poesía no es fácil, como tampoco lo es intentar cualquier género de creación legítima”.  

En aquel mayo de hace 25 años, en Madrid, España, la editorial Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg había publicado el volumen Donde todo termina, abre las alas y recibió en Lima la Medalla de Caballero de las Orden de Artes y Letras del gobierno francés. Dos semanas después, en junio, el gobierno del Perú no quiso quedarse atrás y le otorgó la Orden El Sol del Perú por los servicios distinguidos, junto a la historiadora María Rostworowski y la orfebre Graziela Laffi. 

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¿Qué es la poesía?, le continuaban preguntan mis colegas. “Nunca tengo nada en un cajón, esperando. La poesía hay que dormirla. Yo no escribo ni leo poesía ni explico ni razono, tan sólo siento y me maravilla que lo que pasa por mi alma sea lo mismo que lo que encierran otras personas en el corazón. Tengo la desgracia de no poder dejar el lápiz ni el papel.”  

El 14 de noviembre de 2007, la reina Sofía de España entregó en Madrid, el decimosexto Premio de Poesía Iberoamericana a la poeta Blanca Varela. La nieta de la escritora, Camila de Szyszlo, la hija de Lorenzo, lo recibió en su nombre. Habló con delicadeza de su estado de salud: “Blanca ha perdido el don de la palabra y el de la escritura, pero nosotros hemos ganado, gracia a quienes como usted [se refería a la reina] creen en la poesía, su obra excepcional”.

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¿Cómo definir mejor su poesía? “Discreta y elegante, como las hadas de los cuentos, la poesía de Blanca Varela ha ido apareciendo de tanto en tanto, con largos intervalos, en unos poemarios breves, ceñidos y perfectos”, escribió en 2007, Mario Vargas Llosa, en una columna reproducida en todo el mundo hispanohablante. 

El crítico y escritor Peter Elmore también tuvo una frase donde puede abrigarse mejor su trabajo: “Lúcida e intensa, incandescente y enigmática, la obra poética de Blanca Valera está entre las más altas y valiosas de la lírica hispanoamericana del siglo XX”. Blanca Varela es una celebración de la palabra. 

Datos:
Poemarios principales: Ese puerto existe (1959), Luz de día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1971), Canto villano (1978), Ejercicios materiales (1993), Concierto animal (1999) y El falso teclado (2001).

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(FIN) JVV/JVV