El frío arrecia en invierno, más aún cuando se vive en poblados altoandinos expuestos al friaje. Un grupo de estudiantes halló no solo una solución para este problema, sino también una oportunidad para compartir conocimientos.
texto: hugo grández / foto: jean pierre suárez
Asus 80 años, Macario Barzola es un hombre feliz. Junto a su esposa, Olinda, celebra los carnavales de febrero y la fiesta del Santiago, disfruta del verde de su paisaje, de las truchas que trae el río y de las papas que produce en su predio de Río Molino, centro poblado a 3,800 metros sobre el nivel del mar, en el distrito jaujino de Pomacancha, en Junín.
Todo está bien para ellos y las casi 100 familias de su comunidad, hasta que llega el friaje. Ese fenómeno natural que suele aparecer cada año entre junio y agosto, con temperaturas que bajan a cero grados por las noches. Son días que desesperan, no solo porque no se puede dormir, sino por las enfermedades respiratorias que afectan a familias enteras.
A sus 9 años, el pequeño Max Mayta sabe de eso. Siente el frío al caer la tarde y también por las mañanas, cuando va a su colegio, Andrés Avelino Cáceres. Cuenta que no se puede estudiar bien y que, de noche, hay que abrigarse con muchas frazadas para no congelarse. Su mamá, Mary Mallma, dice que debe usar “varias medias, guantes, chalinas y hasta gorras para dormir”.
FRÍO QUE MATA
En el Perú, decenas de personas mueren cada año por causas relacionadas con el friaje. Y Junín es un departamento doblemente golpeado. No solo porque registra los más altos índices de radiación, sino también por tener el mayor número de muertes debido a las bajas temperaturas.
La solución al problema era conseguir que casas como la de don Macario, Mary, Max y de otras familias no sean afectadas por las bajas temperaturas de la noche. Sol siempre hay en la sierra, “pero se va como a las cinco de la tarde y empieza el hielo”, dice doña Olinda. Entonces, ¿cómo se haría para tener las casas a una temperatura adecuada?
La respuesta se generó en las clases de arquitectura de la Universidad Continental. Había que encontrar una manera de ‘atrapar’ y conservar el calor del día para elevar la temperatura de las casas en la noche. La condición era que la solución a implementar debía funcionar en todas las condiciones, ser tan sencilla que pudiera ser implementada por cualquier persona y, sobre todo, a costo cero.
Fue así que se creó un sistema de confort térmico, una innovación que procura mantener las viviendas a una temperatura adecuada. Consta de tres pasos. La construcción de un invernadero fabricado con botellas plásticas recicladas y rafia, dentro del cual se genera hasta 70 grados de temperatura. Una tubería que traslada esa masa de calor al interior de la vivienda. Y una capa aislante, preparada también con botellas recicladas, que se coloca en techos, puertas y ventanas, para impedir la fuga del calor. De esta manera, se lograba que la temperatura al interior de la vivienda fuera mucho más confortable por las noches.
Este sistema se ha implementado no solo en Río Molino, sino también en otras comunidades de los departamentos de Junín y Puno desde el 2016, gracias al compromiso social de más de 900 estudiantes de arquitectura, orientados por el profesor César Moncloa.
El compromiso fue no solo implementar esta tecnología, sino también enseñarle a cada familia a fabricarla. Ese proceso demandaba más de un día de trabajo, por lo que el Ministerio de Vivienda facilitó sus tambos (o casas albergue) para que los jóvenes puedan descansar, organizarse y hasta preparar sus alimentos durante su estadía.
ABRIGADOS
Con la puesta en marcha de este sistema de confort térmico, ahora todos dicen sentirse bien. El pequeño Max Mayta asegura que ya siente el calor, que en las noches está abrigadito. Su mamá, Mary, afirma que la temperatura ha subido tanto que hasta las mantas las ha dejado por ahí.
“Tuvimos un sueño –dice el profesor Moncloa–, enseñarles a los mismos pobladores a construir este sistema. De esta manera, lo que habíamos imaginado en las aulas empezó a cobrar vida en las comunidades altoandinas”. Sin duda, un buen ejemplo de que la suma de esfuerzos es capaz de mejorar la calidad de vida de las personas.
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